miércoles, 29 de junio de 2011

Ciertos sucesos de las amistades peligrosas

Catalina era aparentemente normal, la máscara de lo imperceptible era su marca de fábrica. Era casi común y corriente; en una situación hiperbólica era un nadie en medio del todo. Me había citado en la cafetería de siempre para hacernos un poco de conversación, luego de esa llamada en plena madrugada. Como toda ella era una maraña de inestabilidades, debí suponer que nuestro dialogo iniciaría con  la introducción de siempre: he hecho una cagada que no tienes idea. Catalina era como una niña de cinco años y  siempre tenía alguna travesura que comentar y yo estaba presta a emocionarme con sus cuentos.

La tarde estaba apagada y se disponía a permanecer impetuosa con su amenaza de lluvia. Entré a la estrecha cafetería donde ella estaría esperándome quieta e inmóvil para que yo acudiera a rescatarla con alguna palabra de aliento tal cual lo hacía cuando teníamos quince. Pero, me di cuenta que no estaba, una vez más sería impuntual. Acto seguido, me senté en una mesa cerca del gran ventanal de la cafetería e inmediatamente me puse a pensar en que ella era la única que me hacía recordar que sé dar consejos pero no sé seguirlos, y eso me hace parte del masivo y repugnante grupo de los que no hacemos lo que profesamos. Sin embargo mis bizarras paranoias se esfumaron al estar frente a ese escenario monótono y aburrido de cafetería: era natural ver en cualquiera el improvisado desfile de meseros con sus coloridos delantales y sus brillantísimos charoles y percibir el olor agravado de la comida. La escenografía se vuelve nauseabunda.  Gracias a mi fobia social estaba desesperada, no deseaba que ningún mesero se me acercase ni mucho menos una persona a preguntarme si la mesa estaba ocupada. De repente todo ese espectáculo  y mi temor se detuvo cuando entró la amiga en cuestión.

Habíamos sido mejores amigas durante toda una vida. Después de que se casó la había visto en reuniones frívolas esporádicas y nunca más volvimos a intimar hasta hace unas horas que me llamó en la madrugada. Esta vez, las situaciones que nos reencontrarían eran patéticas, yo ya no soy quien fue hace cinco años, nada me animaba, todo me parecía tan vulgar. Las arrugas habían comenzado a poblar mi rostro por el estrés, no salía a farrear por el cansancio prematuro y mi desenfado poco a poco se fue convirtiendo en prudencia y recato. Cuando me reúno con Catalina siempre tengo algún motivo para que una sonrisa se asome en mi árido rostro. Mientras Catalina daba sus pasos ligeros para llegar a la mesa, yo continuaba divagando en el motivo de la repentina llamada a las cinco de la madrugada. Me las olía muy en el fondo y estaba consciente de que esta reunión tenía una doble intención. Se acercó sigilosamente hacía mí y me  saludó como antaño: sus delgadas extremidades superiores se habían convertido en una sola al abrazarme, parecía una boa que planeaba destruirme la columna, y finalmente estampó su labial rojo en mis dos mejillas. Se sentó frente a mí y enseguida esas facciones llenas de algarabía se transfiguraron en la amargura viva. Pensé en no preguntarle yo, era lógico, si era su drama ella debía dar el primer paso. Cruzó los brazos sobre la mesa, hurgó en su cartera para sacar lo fundamental en una conversación: su cigarrera, el encendedor y sus mentos favoritos. Llamó al mesero y pidió un capuccino, yo pedí un expreso cargado porque todavía sentía las secuelas del insomnio provocado por ella. 

Hacia 2 semanas que por primera vez había tomado una decisión, quizás la más radical de su vida al enterarse de las malas trastadas que Emmanuel, su marido, le estaba haciendo. Radical en el sentido de que ella nunca tuvo la capacidad de decidir, el mundo decidía por ella. Ella eligió a Emmanuel por tener las plásticas “cosas en común”: les gustaba los golden retriever, los picnic en domingo, celebrar los anirversarios con tarjetas patéticas de Hallmark y hacer fondue de chocolate para ver una película cada viernes; aparte que su marido respondía al cliché masculino idealizado: guapo, caballero y  con un futuro prometedor. Sabía que esos cuatro años de matrimonio algún día se irían al caño y quizás por culpa de Catalina: tan decidida y luego tan aguafiestas. Su marido le era infiel y estaba dolida por aquello, le pudo haber aburrido, pero era una mujer que hieren si es cambiada por otra igual o peor. Todo esto me lo decía mientras se tomaba un capuccino descafeinado y fumaba un delicado y delgado tabaco para mujer con sabor a cereza. Soy sarcástica y sabía perfectamente que Catalina es incapaz de matar una mosca, podía ser superficial, un poco fofa y hasta pretensiosa por eso le pregunté cuál había sido su venganza, con un tono burlesco para que comprendiera que la estaba subestimando. Me echó una mirada con una de sus cejas alzadas como tratando de responder a mi ofensa. Catalina por primera vez había tomado el sartén por el mango: se vengó y de la manera más concienzuda y planificada para su falta de experiencia y capacidad de maldad. Al confirmarse la infidelidad de Emmanuel, decidió actuar rápido pero no con prisa. Catalina era más astuta que una gata: había comprado una botellita, del tamaño de mi dedo índice, de cianuro, durante tres días preparaba cenas deliciosas que servía con esmero a la luz de las velas. En estos platos carnavalescos dosificaba poco a poco el poderoso veneno. Expiró un poco del aire nicotizado y continuó contádome. inescrupulosa y victoriosa describía como antes de ayer vio cómo su adultero esposo dio la última bocanada de aire mientras la veía a los ojos y pronunciaba su nombre con gritos que profundizaban la agonía. Lo único que hizo fue coger sus cuatro maletas y dejar el cadáver tendido en la alfombra atigrada comprada para celebrar su aniversario que sería en dos semanas más. La historia parecía increíble: mi amiga la fofa se había convertido en una novel asesina. Terminó su capuccino, apagó el tabaco, puso su rostro en medio de las manos y me miró con ojos de niña, como si esperara mi opinión sobre su noble hazaña. Enmudecí y solo me limité a mirarla con asombro y pensar en que era mucho más inteligente que un asesino a sueldo. 

Estaba tan consciente que Catalina no me buscaba para confesarme su delito, sino para que le diera una mano. No era dinero, no era techo, no era comida. Lo que mi audaz compinche quería era salir del problema sin necesidad de pasar por el interrogatorio policial. Yo era la única que podía darle el boleto dorado para su exculpación. Trabajaba en el aeropuerto y ocupaba un puesto bastante bueno que me daba el lujo de mirar al resto desde arriba, y así poder irse del país sin necesidad de pasar por el debido proceso que se le hace a los sospechosos ¡Vamos, pónganse en mi lugar! era mi mejor amiga y lo que me hace vulnerable ante ella es siempre querer acceder ante sus manotones de ahogado y porque yo también estaba flotando en la laguna de la culpabilidad. 

Accedí sin pensarlo dos veces, solo con la condición de que nos podamos ir juntas, el peso de la culpabilidad me estaba consumiendo desde el momento en que Emmanuel decidió elegirme y que gracias a eso ahora esté debajo de mi cama pudriéndose después de haber sido yo quien lo encontrara tirado en la alfombra atigrada con la boca abierta y los ojos brillosos. 

jueves, 23 de junio de 2011

Instrucciones para pasar las noches creyendo que vive con un monstruo

Para qué enseñarle algo que sabe desde su niñez. O quizás sí. Sí, es prudente que yo le muestre en breves pasos lo fácil que es pasar la noche creyendo que vive con un monstruo y despertar la cobardía en un hombre adulto. Lo más probable es que después de tantos años de haber perdido sus referentes infantiles, usted no recuerde lo qué es un, o cómo es un monstruo. Un monstruo es un ser mitológico, de grandes dimensiones y muy poderoso; actualmente las convenciones arbitrarias lo muestran como un peluche malo que varía de colores, con dientes filudos; puede tener si bien un ojo, dos o hasta cuatro. Le hago una advertencia: el monstruo con el que usted creerá vivir no será uno enclenque y afelpado sino el de la mismísima mitología. Continuemos, los monstruos regularmente habitan en lugares cálidos como: sótanos, armarios o debajo de una cama; come humanos crudos, como usted o como yo. Ya que usted recuerda el modus vivendi y operandi del horrible acompañante de sus veladas, procederé a guiarlo.

Como primer paso, aconsejo que coma mucho a partir de las diez de la noche. Es probable que llegue del trabajo o universidad y tenga mucha hambre. Tener la barriga llena no sólo trae consigo un corazón contento ni las arterias llenas de grasa, sino que ese estado lo lleva a tener más alucinaciones que un borracho después de haberse bebido media cantina. Ya con la barriga llena y su estado de obnubilación deberá añejar su miedo desde las once y media de la noche hasta las doce en punto porque a esa hora todo oscurece más de lo normal y en su cabeza empezarán a rondar historias de monstruos y aparecidos. Al principio, creerá tentar con valentía a los seres de otro mundo. Se dará el lujo de blasfemar en contra de las almitas en pena y los monstruos. En cuanto a estos, dirá que son unos grandes maricas porque Disney los ha transformado en seres más bondadosos que una monja de orfanatorio. Cuando sean las doce y cinco, usted creerá creer que hay alguien en alguna parte de su casa. Escuchará pasos de grandes dimensiones y sospechará que al monstruo que ha tentado, llegó. Comenzará a gritar, a implorar por su alma y pedirle disculpas al monstruo que ahora está en su cuarto esperando a sacarle las tripas. En pocas palabras, el marica ahora es usted. Una vez que siente que el miedo se ha apoderado de sus sentidos deberá entrar a su cuarto. Ingenuamente caerá en el cliché de cazador de mitos y querrá enfrentar al monstruo. Tome un paraguas (sí, quiero hacerlo ver más marica) y llévelo como espada hasta la puerta de su cuarto. Suba poco a poco las escaleras, gire su cabeza cada tres segundos para constatar que el monstruo no está detrás de usted.

 Al llegar no  encienda las luces, quizás con esto el monstruo se altere, lo asesine y me arruine el manual de supervivencia. Revise debajo de la cama, tiene tanto miedo que sabe que el monstruo pudo ocultarse allí debajo y sacar una de sus grandes y garrudas manos para abducirlo y sacarle las entrañas. Cuando tenga lista la inspección y sabe que su existencia no acabará de forma tan cruenta, recuéstese suavemente en la cama, tápese con la frazada y siga temblando. Seguirá con la idea en la cabeza de que hay un monstruo. Durante los siguientes veinte minutos, no podrá dormir. Coloque la cabeza en su almohada y manténgase despierto (de preferencia sude para hacer más realista y conmovedor el cuadro). Instantáneamente comenzará a escuchar el crujido de los arboles contra las paredes de su casa, las ramas producirán sombras horripilantes, el croar de los sapos se convertirán en el sonido del aleteo del dragón, etc. Esto provocará que tiemble como una gelatina cuando es desvirgada por una cuchara. Dará una vista panorámica a su dormitorio y seguirá sintiendo la grave presencia del monstruo. Como paso cobarde, activará su mejor arma de defensa: la colcha; con ella se cubrirá hasta la cabeza. Su mente le seguirá jugando trastadas y creerá escuchar ruidos, gruñidos; sentirá el temblor de la cama provocado por una fuerza sobrehumana. El clímax de su espanto llegará al momento en que diga sentir el vaho del ser paranormal sobre la nuca. Inmediatamente, se dará la vuelta y en su estado entre sonámbulo y consciente, verá que no hay nadie. Sólo ha sido un susto. Destapará su todavía asustadiza humanidad, colocándose de manera cómoda para dormir hasta el día siguiente. Como el sueño tiene la capacidad de borrar los recuerdos, su miedo renacerá y se tomará su cuerpo nuevamente durante las siguientes noches de su existencia gracias a su glotonería.

Advertencia: Si los síntomas persisten, consulte a su psiquiatra.
Duración del espanto: 20 minutos


miércoles, 8 de junio de 2011

Líquida

Al fin y al cabo, la amo. Eso siempre trato de meterme en la cabeza cada vez que veo a Bárbara sufrir una de sus transformaciones. No sé si yo, pero hasta ahora he sido paciente o demasiado pendejo para aguantar algo tan abrupto como sus cambios diarios. Ella se lo atribuye al mal de la familia. Llevamos  un año y unos cuantos meses de novios y todavía no entiendo cuál es su verdadera justificación ante el problema.

El día de nuestro aniversario llegué a su casa con un gran ramo de rosas blancas, sus favorita. Al abrir la puerta, la vi hermosa: su piel estaba fresca como siempre, olía delicioso, estaba prolijamente peinada, pero había algo en su ropa que no me cuadraba. En realidad, no encajaba en la tipicidad y sencillez de mi Bárbara. Estaba vestida como una girl scout porque según ella me daría la sorpresa de mi vida.


-¡Bárbara! ¿Qué demonios te ocurre?
-Nada amor, ¿por qué?
-¡¿Por qué?! Se supone que iríamos a cenar a tu restaurante favorito
-Pero, tú sabes cómo soy Ignacio, a mí no me gusta la rutina, yo soy más…
-¡LOCA!
-No, soy más original, cosa que ya deberías saber de mí.
-Lo admito, pero es nuestro aniversario y te advertí que...
-Sí, sí que deberíamos celebrarlo con más seriedad y bla bla
-¡Bárbara! Yo te amo pero no sé si soportar tremenda cosa.

Lo consiguió, me convenció de hacer una cita creativa para que yo aprenda de la calidad de bueno que ella como un ser especial posee. Ese día, Bárbara me llevó a ayudar ancianos, fuimos a parar a un asilo para que yo sacara mi lado altruista. Permanecimos ahí casi la mayor parte de nuestra tarde. Tarde en la que pudimos haber hecho cosas más interesantes o por lo menos que a mí me parecieran dignas de la celebración de mi primer aniversario a lado de una loca.  Al llegar del asilo, y antes de llegar a su casa Bárbara alcanzó a ver a Silvestre, el gato de su vecina, trepado en un árbol y maullando como ambulancia dañada para que lo bajaran. Bárbara cometió el error más grande de su vida: me hizo ir en busca de Silvestre.

-Ignacio, súbete despacio, dijo en tono de madre protectora
-Amor eso intento, este árbol está demasiado empinado, le respondí con calma para que no sospechara de mi pánico a las alturas.
-No sé como pretendes ser un buen boy scout, contestó virando su rostro como queriendo ignorarme.
-¡BÁRBARA! YO SOLO PLANEABA LLEVARTE A COMER SUSHI NO QUE ME VIERAS COMO TU HÉROE
-PERO SI YA ERES MI HÉROE, SÓLO QUE UN POCO MALO Y CRUEL CON LOS ANIMALES, contestó con voz de niña de tres años.
-¡YA MISMO LLEGO A LA COPA DEL ÁRBOL!

Mi novia no sabía que sufría de vértigo. En realidad sí y lo sabía porque nos conocemos a la perfección, sólo que en sus cambios de personalidad se olvida un poco de mí y se preocupa por transformarme en una mejor persona. Cuando tomé al condenado gato no pisé bien el tronco del árbol y enseguida eché una mirada abajo lo que provocó que me desubicara del espacio y cayera como un tótem recién derribado.

-¡Ignacio! ¿Estás bien?, preguntó con la angustia encerrada en su garganta
-Bien he…cho mierda, querrás de…cir, contesté con la voz entrecortada por las magulladuras hechas recientemente en mi cuerpo.
-Mírale el lado bueno, acabas de sacrificar tu buen estado físico por un animalito
-Bárbara, si te callaras sería mucho mejor
-Jajaja, eres un resentido

Finalmente, apretó a Silvestre entre sus brazos y me dejó botado en el suelo quejándome de la fractura en alguna parte de mi cuerpo que veía venir. Caminó hacia la puerta para tocar el timbre. Cuando la vecina salió, la recibió con lágrimas en los ojos y le agradeció por lo valiente que había sido al bajar ella al pobre gato negro. Pensé estúpidamente que Bárbara reconocería que yo era el héroe de ese pequeño episodio, pero no, se llevó el crédito y las galletas de chocolate que la amable y regordeta vecina le dio en recompensa a la noble hazaña. Yo seguía en el suelo, esperando a que Bárbara llegara a salvarme.

 ***
Gracias a la sorpresa de Bárbara quedé con una lesión de columna y postrado en una cama por dos semanas. Durante ese tiempo, Bárbara vino a hacerme compañía, estaba más apaciguada y sus cambios de personalidad no se presentaron. Luego de esas dos semanas volví a la rutina y aunque era consciente de todo el tiempo que llevaba con ella y conocerla con sus transformaciones, me gustaba mucho lo que hacía. Después de todo, me daba el lujo de conocer su personalidad mutante.


Llegué un día de esos a su casa para ver si íbamos al cine o hacíamos cualquier cosa que no implique estar encerrados ahí, con los ojos de sus padres encima mío. Cuando toqué la puerta, Bárbara estaba con el maquillaje chorreado, tenía los ojos hinchados como si le hubiera dado conjuntivitis. Lloraba como una magdalena y me miraba con cara de pocos amigos. Me preocupé bastante por su estado porque me hizo imaginar que alguno de sus padres había muerto, o quizás también se murió su canario Piolín o su tortuga Miguel Ángel.


-¿Qué te pasa?, pregunté y le hice pico para que me besara
-¿Que qué me pasa?, respondía mientras viraba la cara en afán de resentimiento
-Sí, eso mismo te estoy preguntando, le dije tratando de que no se me abalanzara a pegar.
-Eres un cínico, infeliz, desgraciado, mal hombre, contestó histérica
-A ver, a ver. ¿Bárbara viste alguna novela donde haya un tipo que se llama Ignacio y sea un mal hombre?, me hice el jocoso
-No, no precisamente, sé que me engañas, respondió con un nudo en la garganta
-¡¿Ah?!
-No te hagas el imbécil, Ignacio José
-No me llames José, bien sabes que no me gusta
-No me interesa
-Me podrías explicar qué sucede
-Hoy me llamó María José y me dijo que te había visto con la tipa esa
-¿Cuál tipa esa?
-Esa…
-¿Acaso te refieres a Gabriela?
-Sí, a esa misma
-Pero Bárbara, estás loca ella es mi mejor amiga
-María José me dijo que te vio muy acaramelado con ella
-¿Cuándo fue eso? Claro, según la detective de tu amiga
-No le digas así, pero dice que fue ayer
-Bárbara, tú crees en chismes de vieja cuentera, ayer pasé contigo todo el día
-¿En serio?
-Sí, en qué momento
-No sé, como tú eres medio inhibido conmigo
-Déjate de inestabilidades emocionales, ayer andábamos felices juntos y hoy me sales con que te cuerneo
-Bueno, te creo por esta vez
-Está bien

Esa tarde la pasamos espectacularmente, es más nos besamos hasta arrancarnos los labios, según ella en compensación de su inestabilidad, inseguridad y todo lo que le aqueja por tener un novio tan guapo como yo. Aunque no le creo porque sé que alguna vez me fue infiel en uno de sus arranques vengativos. Me puso el cuerno con mi mejor amigo, sin embargo, sé que estaba pasada de copas y no es que la justifico o que yo sea un mandarina, pero tenía toda la razón para hacerme cachudo, yo me había abusado de su paciencia y la dejé plantada en una cita que teníamos planificada desde hace varios meses. Cuando la llamé por teléfono para excusarme estaba histérica, tan cabreada que estaba a punto de llorarle para que no me terminara.

-¿Aló?
-Buenas con Bárbara
-Soy yo Ignacio
-Lo siento, mi Barbie, no te reconocí la voz
-¿Qué es lo que quieres?
-Pedirte perdón
-¿En relación a…?
-A lo de la cita de antes de ayer, tú sabes la maqueta para el profesor de diseño era pesada
-Si Ignacio, pero esta cita la veníamos planificando desde que tenemos seis meses de novios
-Lo sé, amor, pero también debes comprender que…
-¡Que nada!
-Tenemos diez meses de novios y nunca la concretamos y cuando al fin se da tú vienes y me dejas vestida y alborotada
-Perdóname
-No, nada de perdóname, tú y tus estudios me estresan. Deberías aprender a mí, nunca me siguió interesando estudiar, por eso trabajo y gano mi propio dinero.
-Pero es que a ti no te gusta estudiar, a mí sí, en parte. Por lo menos me lo tomo en serio
-Quiero que sepas que ayer me besé con Felipe en la fiesta que hicieron el mirador para celebrar su egreso de la carrera.
-A la que no íbamos a ir por nuestra cita ¿no?
-Así es, y déjame decirte que besa mejor que tú-

Me colgó histérica, pero esa ha sido nuestra única pelea fuerte. Bárbara es así, aunque me cuesta adaptarme a sus temporadas de oleaje de hormonas. Pero al fin y al cabo, la amo tal cual es. Se supone que ya hoy nos vemos para acompañarla donde su terapeuta. Me olvidaba contarles, no sabía que Bárbara era adicta a leer su horóscopo todos los días y a cada rato para que este le vaticinara su destino. Como soy de los que no me preocupo por eso decidí tomarlo como una manía de cualquier persona y reírme de aquello. Pero no, realmente estaba equivocado, Bárbara es líquida y moldeable gracias a su signo. Ella mismo me lo dijo ayer que hablamos por primera vez sobre su problema.

-Es que es algo que no sabes
-Dime Bárbara
-Yo creo que estoy loca
-Pero, así te quiero
-No, no es que esté bien
-No entiendo
-O sea mi locura no es de estar atada por una camisa de fuerza
-¿Entonces cómo?
-Pues mis padres creen que es la maldición familiar
-Cuéntamela
-Mira, todos los miembros de mi familia han nacido entre el 19 de enero y el 22 de febrero
-¿Ya?
-Sí, es muy grave
-Explícate que me estás asustando
-Ignacio, no puedo creer que no sepas nada de astrología
-No me preocupo en banalidades para serte sincero
-Mira, soy acuario y todos los de mi signo tienen todas las características que has ido conociendo, así pasó con mamá y bueno como ya te estoy dando pistas solo se presentan con más ahínco en las mujeres
-Quieres decir que… eres inestable, insegura, creativa, innovadora, infiel por impulso y demás cosas
-Ajam
-Necesitas ayuda
-Lo sé, ya me cansé de ser un líquida como el agua y moldeable como la plastilina.

Al llegar a su casa para acompañarla al terapeuta, me llamó la atención algo bastante particular que encontré en Bárbara: estaba vestida como una dominatriz. Traje negro, de cuero y ceñido al cuerpo; botas de charol muy brilloso y látigo en la mano. Era la primera vez que veía a la que era mi novia en un traje tan provocativo, tan sensual. Me di el lujo de hacer una inspección a sus curvas que siempre ocultaba bajo los pantalones cargo, suéteres de colores neutros. Sus ojos verdes, al fin se habían destapado de aquellos lentes cafés y finos. Vaya, Bárbara era toda una mujer, no cualquiera, era una mujer de la fantasía de cualquier sadomasoquista o dispuesto a ser víctima de esa vampiresa. Mis ojos estaban fuera de órbita y mis babas fuera de control. Al fin mi novia estaba comprendiendo el mensaje de las indirectas que le mandaba cuando le decía: debes probarme que me amas.

-Hola, guapo, me susurró al oído
-Bá…Bárbara, me intimidé y comencé a temblar
-¿Quieres hacer cosas malas y cochinotas?, lo dijo mientras lamía mi oreja y golpeaba el látigo en el suelo
-¿Qué dices? ¿Tus padres?
-Te pregunté si querías hacer cochinadas no que te inhibas
-Sí en realidad quiero ser más cochino que Babe el puerquito valiente, le contesté ya con la libido a mil
-Entonces, pasa, me tomó del cuello de la camisa halándome hasta su cuarto.

Cerró la puerta, no me gustaría entrar en detalles, pero lo que debo decir es que era el polvo más fabuloso de mi vida. Se abusó de mí y yo no tenía ninguna objeción. Desde ese día Bárbara ha tenido sus arranques creativos cuando vamos a hacer cosas malas. La verdad, ya no me disgustan tanto sus cambios repentinos, es más cada vez que toco el timbre de su casa ruego para que me atienda Barbie la enfermera sexy, Barbie la estudiante mala, Barbie la mata hombres o Barbie la exploradora.

¿El terapeuta? Que se vaya al carajo, mientras yo viva, ella no pisará ese mugroso consultorio. Ya es hora de que Bárbara pague la fractura que me hice en la columna gracias a Silvestre (lo hace muy bien por cierto).



martes, 7 de junio de 2011

Psicofonías

Eran casi las diez de la noche. Salía de una típica reunión de trabajo. Reuniones en donde solo se intercambian alcohol, hablan mal del género humano y donde los belicosos sacan a flote sus necesidades sexuales. Después del amargo sabor de boca en esa bacanal fui en búsqueda de un taxi que me llevara a mi departamento lo antes posible. La noche estaba fría, casi podía tocar la neblina y sentía el viento helado golpear mi cara. Antes de morir congelada, decidí buscar en el gran bolso que llevaba, mi abrigo. Como todo era oscuro me puse de rodillas a lado de un poste encendido y así poder iluminar el fondo de mi cartera y poder encontrar el condenado abrigo. Cuando al fin lo encontré me di cuenta de que este estaba atascado y para poder sacarlo tenía que hacerlo con fuerza. Fue tal que al sacar a la mano salió volando una pulsera que me había regalado un reciente ex.
-Toma- me dijo una voz varonil muy armoniosa
Poco a poco fui levantando la cabeza. Primero vi sus zapatos, eran de marca, luego su pelvis, sus manos que se veían suaves, su pecho y finalmente su rostro. Los ojos se me humedecieron y automáticamente me sonrojé. Era lo más fantasmal y perfecto que había visto en todos mis años de recorrido amoroso. Su sonrisa protegía unos dientes grandes, blancos y bien enfilados. Sus ojos eran verde oliva. Aunque, había algo extraño en él. Era como un holograma, más preciso era un fantasma.
Me restregué los ojos por si acaso era el producto del único vaso de whisky que había tomado. Los cerraba y abría con incredulidad y solo seguía su rostro sonriente y afable. Me incorporé, limpié mi pantalón y estiré la mano tartamudeando un “gracias”.
-Te acompaño- preguntó amablemente
Estaba consciente de que estaba con un fantasma y que en el mundo material el ya no tenía cabida, además yo era demasiado decente como para andar con un fantasma por la calle, conversando y riéndome. La gente me tacharía de loca o de drogadicta que andaba alucinando ocasionando disturbios públicos. Pero, era demasiado encantador para negarle una caminata. Otra vez gagueé y le respondí con la voz entre cortada: Si quieres.
Cuando empezamos a caminar todo estaba armonizado con el típico silencio incómodo. Decidí romper el hielo y me armé de valor al preguntarle que qué había estado haciendo a esas horas de las noches y por ese lugar. Se rió a carcajadas y me contestó con tono coqueto: andaba asustando gente hasta que me encontré con una mujer hermosa, tú. Me sonrojé tanto que tocó mirar al suelo para ocultarme. Fui más osada y le pregunté su nombre. Se quedó callado y me di cuenta que su rostro era fantasmal y al mismo tiempo angelical, este tenía la palidez, sus ojos hundidos y en los pómulos el amarillo de la caducidad de la piel, pero este seguía desbordando vida al momento de sonreír. Después de un corto tiempo silente, me dijo que se llamaba Alejandro. Me dio datos adicionales. Terrenalmente tendría treinta años, pero que había muerto hace cinco, así que no sabía si tenía veinticinco o treinta.
Aparte de hermosa, le demostraría que era inteligente. Busqué las explicaciones más lógicas y argumenté que él tenía veinticinco porque esa fue a la edad que murió, además a los muertos no se les canta el cumpleaños feliz sino la misa de réquiem. Pero hábilmente me dijo: yo soy un alma en pena, sigo atado a este mundo de cierta forma, y volvió a reír fuertemente.
-¿Dónde vives?- preguntó
Esa había sido una pregunta inteligente. Yo no vivía por ahí, solo iba en busca de un taxi hasta que se me apareció el encantador fantasma en cuestión y se ofreció a hacerme compañía.
-Estoy algo desubicada por tu culpa- le contesté con un tono seductor.
Me guiñó un ojo. Propuso que vayamos a su casa porque él vivía por ahí y también porque sus padres se habían ido de viaje y él podía regresar cuando ellos se fueran para hacer sus manifestaciones poltergeist en privado. A ojos cerrados accedí.
Ya en su casa nos sentamos en el piso alfombrado de su sala de estar. Levitaba rápidamente y en un chasqueó de dedos encendió el estéreo y puso música suave. Entró a la cocina y trajo chocolate caliente. Ya no se alcoholizaba porque por culpa del trago se había estrellado en un poste y murió. Yo no tomaba porque no me gusta, el alcohol sabe a té sin azúcar. Se sentó a mi lado y durante esas dos horas hablamos de su vida; yo de mi reciente relación amorosa. A todo lo que yo le decía él sólo me miraba con atención y se reía. Se incorporó, levitó hasta el estéreo y cambió la música. Era una balada de esas que te obligan a abrazarte a la pareja.
-¿Bailas?- me preguntó
-No mucho para serte sincera- respondí avergonzada
Me tomó de la mano, y sentí claramente la transformación de su invisibilidad a piel. Piel suave, pálida y muerta, pero piel. Me estremecí y me uní a su cuerpo.
Bailamos pegados como unos diez minutos. Yo sentía que lo amaba, y que él a mí. Mientras nos meneábamos al son de la música tomó mi rostro y acercó el suyo. No sabía si sentía su respirar o el aire de la muerte. Era una sensación escalofriante y celestial al mismo tiempo porque su rostro era estaba iluminado a pesar de su palidez mortífera. Me robó un beso y yo le correspondí.
Esos besos se multiplicaron y nacieron las caricias, estas se estaban convirtiendo en sexo.
Hicimos el amor. En realidad lo podía tocar y esta vez ya podía sentir su pecho respirar en compás del mío. Era carne y olía a hombre. Un hombre que no se merecía estar muerto, se merecía ser feliz conmigo. Sí, habíamos hecho el amor y mi piel fue el lienzo de sus caricias: arañazos, besos y demás cosas que se hacen los amantes cuando la pasión los obliga a hacerse daño por amor.
-Te amo- me susurró en el oído
-Creo que yo también- le contesté besando su cabello
Ya estaba amaneciendo y él estaba recobrando su auténtica existencia. Yo tenía que ir a mi casa, luego al trabajo y volver a encontrarme con él a la misma hora. Nos despedimos como si nunca nos íbamos a volver a ver. Lo besé, en realidad traspasé su frente con ternura y salí de esa casa inmediatamente.
Esa fue mi rutina durante el tiempo que duró mi felicidad. Un día los padres de Alejandro llegaron de su viaje y me encontraron desnuda en el piso alfombrado de su sala. Llamaron a la policía y ante ellos rendí mi declaración. Ingenuamente pensé que me creerían y la solución que dieron a mi caso fue llamar al psiquiátrico. Allí le informaron a mi familia que tenía un trastorno esquizofrénico que hacía que tuviera alucinaciones y esto producía un efecto de realidad en mi mente sensible. Todo era producido por mi enfermedad del sueño, la narcolepsia que nunca me hice atender.
Pero, fue real y yo lo viví. Lo sé. Me encerraron en el psiquiátrico y llevo aquí seis meses después de haber conocido a Alejandro. La última vez que lo vi, o mejor dicho lo escuché en una psicofonía bastante clara dentro de mi cabeza fue durante el primer mes de mi estadía en el manicomio. Me contó que su familia había hecho una misa por sus cinco años de fallecido y que ahora su alma descansa en paz. Terminó diciéndome que se había apresurado al decirme que me amaba y que era su costumbre “cazar humanas” para pasar la noche, pero hace tiempo que no lo hacía. Por eso cuando me vio decidió seducirme y que le sirva de recordatorio del calor humano.

miércoles, 1 de junio de 2011

Amar-te destruye

No lo recuerdo bien. En realidad sí, mi memoria no me traiciona sólo que cuando pienso en ello prefiero cerrar mis ojos para confirmar que fue simplemente eso: un mal momento de mi vida. Hace ocho meses, por segunda vez, me enamoré. Fue bastante raro porque no estaba en mis planes enamorarme y para ser sincera, no me interesaba estar así. Me porté fuerte hasta el último suspiro, pero caí, me resbalé y no salí de ese fango hasta que caí en cuenta de que ya no me quedaba dignidad. Él se llamaba F… (No pondré el nombre y  está puesto en pretérito porque no me gusta ponerle nombre propio a lo que nunca fue). Al principio solo me gustaba, solamente eso, porque era atento, buena persona, abreviadamente: él era el cliché más perfecto que había pisado mi vida. Sin embargo, era un desastre para vestirse y eso no me interesaba, mi vida es un desastre y él llegaría a ponerle más desorden y eso me fascinaba. Poco a poco, en mi cabeza, estas tantas perfecciones comenzaron a surtir efecto y empecé a pintar de rosa mi vida y en especial mi corazón.

Desde que puse mis ojos en él, cantaba, tenía ilusiones y mi madre se había quedado admirada de mi cambio: no me enojaba por gusto, sonreía tres veces al día, no sentía el estrés, lloraba, veía películas fresas y esperaba con ansias el día que me llegara a ocurrir eso: con él, solo era él quien podía ser el que se atreva a robarme la razón el tiempo que dure el romance. La joven con climaterio prematuro se estaba esfumando y al fin me veían como siempre fui antes de entrar a ser una adulta.

¡Me le declararé!  -me dijo el corazón-

¡No seas tonta, quizás no te corresponda y luego vas a estar llorando por un imbécil! –me hablé con la conciencia de por medio-

El debate entre mi corazón y mi conciencia era horrible, pero pensé en que siempre le hago caso a la razón y no a mi corazón. Corazón había ganado la batalla y por fin confiaría en él para tomar una decisión. Así que sacaría de mí la femme fatale que no tenía y me le declararía. 

Al fin me había decidido a decirle lo que estaba ocurriendo con mi vida y que aunque él no quisiera, sería: con él o con nadie. Iría a mi casa en sábado para  una de esas tantas reuniones para hablar del género humano, aunque en este caso le provocaría un infarto al confesarle mis sentimientos. Estaba esperando desde una hora antes, el mueble de la sala temblaba al mismo ritmo que yo: me moría de nervios, me comía las uñas, me peiné cada tres segundos y del perfume a duras penas quedaba un milímetro; no sudaba, creo que los poros se me cerraron de tanto amor. Estaba decidida y hecha un saco de nervios pero, lo haría y cuando me convenzo de algo es porque así debe ser, sino sería una maldita mediocre hasta en eso que se llama amor.

Llegó y a mí casi me da un infarto. Lo vi y tenía clara la película: no era perfecto externamente pero si por dentro. Yo buscaba eso y no dejaría pasar la oportunidad por prejuicios estúpidos. Nos saludamos como siempre, pero esta vez el beso que me dio en la frente lo sentí como una cálida brisa, como el toque de una mariposa y otra vez me desbaraté: no sentía las piernas y lo único que podía escuchar era mi corazón diciéndome que era ahora o nunca. 

De repente, me toma de los hombros y me dice al oído que me tiene que contar algo, mejor dicho: confesar. Lo primero que se vino a mi cabeza fue: ¡vaya me ahorré el trabajo sucio!, pero solo tuve el valor de mirarlo a los ojos con la cara llena de ternura. Al entrar a la casa fuimos directamente a la sala, y muy delicadamente se sentó en el mueble junto a mí. Si cuando lo vi llegar me había mutado en un flan, lo que quedaba de mí ahora eran los restos del flan derretido. Me dijo: es hora que lo sepas de una buena vez. Mis ojos se salían de sus órbitas, el corazón ya no hablaba sólo gritaba canciones de amor y yo estaba flotando en una constelación con nubes rosadas, liebres de narices en formas de corazón y unicornios. ¡Chas!, se quebró todo cuando dijo: hay alguien que me gusta y se llama… 

En ese mismo instante mis oídos se taparon, y sólo escuchaba lo que en mi cabeza ocurría: muchas voces lamentándose y ruido. Las mariposas de mi estómago murieron después del intoxicante olor de aquella decepción amorosa. Me tocó fingir felicidad mientras por dentro sentía y oía como me derrumbaba. Él seguía hablando de lo maravillosa que era la rival en cuestión y yo seguía disimulando con una sonrisa temblorosa. En realidad, me había roto el corazón en cinco mil piezas desiguales.

En la puerta, antes de irse me dijo: estoy tan feliz, estoy enamorado. Y me echó una de esas sonrisas que te absorben y desubican de la realidad. Me hizo de la mano y se fue caminando lentamente, mientras yo hacía mi mayor esfuerzo por no llorar afuera de la casa y que todos mis amigos luego me pregunten qué diablos ocurrió. Era un momento en que solo necesitaba escuchar una canción romántica (no corta venas) que me hiciera entender que el amor no era para mí. 

Así fue, me quedé en mi cuarto hasta el domingo haciendo cualquier cosa que no me permita pensar, razonar y darme contra las paredes; preguntando los típicos: ¿qué tiene ella que yo no? o ¿por qué a mí? Que un hombre me haya destrozado el corazón no significaba que el amor me vería la cara de estúpida. Sólo que con el pasar los días no tuve el valor de decirle: ¿sabes qué? me duele quererte, verte y hacer como que nada me ocurre. Sí, algo me ocurre y es…y hasta ahí se quedaría todo porque me conozco y sabía que me quebraría y lloraría. 

Para entrar en el proceso de olvido tuve que deshacerme de él: no hablé con él, lo rechazaba, trataba de no estar donde él estaba. Pero lo extrañaba, lo extrañaba tanto que dudé de mi fortaleza y pensé que al día siguiente le hablaría. Sin embargo, ya no quería sentirme así de minúscula, con el corazón roto y con ganas de patear a cualquier pareja que camine por la calle feliz; aunque también ya me había acostumbrado a llegar a cualquier lugar, entrar al baño a llorar, echarme agua en la cara, ponerme la máscara de felicidad y reírme de mi estupidez.

Así como me había decidido a ser valiente en esto del amor, también me había decidido a darle una patada. Cada mañana me levantaba con esto en la cabeza: si lo que ayer se llamó amor hoy es la espina del dolor que no merece mi atención y no le aporta al corazón nada, nada de cariño, ¿para qué diablos te voy amar si tú no me amas? ¿para qué diablos te voy a querer si tú no me quieres querer?. Maté mi amor, maté lo único que había querido por mucho tiempo y me dediqué a ser el peor verdugo de mi corazón y de mis ojos. Ellos ahora han firmado un pacto con una clausula en donde queda especificado que: Amar te destruye cuando el amado no te ve como amante.