martes, 24 de mayo de 2011

Entre night clubs y vida silvestre

Después de cinco horas de viaje, un grito de la voz chillona de mi mejor amiga me destrozó el oído: ¡Paquita, Paquita! ¡Levántate hemos llegado! Media adormitada pude empezar a observar lo que me rodeaba a esa hora del día. Santo Domingo no era una ciudad (en ese entonces) a la que yo planificaba ir a turistear y echarle una miradita de confianza, pero el espectáculo que me ofrecía era realmente encantador. Estaba nublado, el viento silbaba y te recorría helado por el cuerpo; la vegetación estaba vestida de un verde brilloso fuerte. Me enamoré, en ese año, dos veces, Santo Domingo se había convertido en una fantasía prohibida de un amor no correspondido. Quedé maravillada por el marco natural. Podía verlo todo. No había smog, no había carros bulliciosos; lo único que sabía es que había encontrado un lugar para morir de vieja. Y es así como el aire de la Sierra comenzó a hacer efecto en mis pulmones sensibles; éstos entraron en etapa de purificación y yo pensé que había hallado la cura a mi bendita asma.
Puse cara de lerda, como vulgarmente diríamos de “montubia”. Tanto así que mis ojos se salieron de orbita y mis brazos, en ademán de sorpresa, se abrieron lentamente; conduciendo a mis manos a pegarse al vidrio. Estaba sentada del lado derecho del bus, justo con la ventana en mis narices. Ventana que antes había sido mi almohada y que ahora funcionaba como esponja al absorber mi vaho de fascinación: habíamos llegado, sanos, salvos y sucios; pero lo conseguimos.
Como les iba diciendo, no es que precisamente estaba encantada (en realidad, sí) porque ame la naturaleza en estado puro (sí la amo, sólo que esta ocasión era distinta), sino que por primera vez pisaba un territorio nuevo y me emocionaba saber todo sobre aquel virgen lugar y también porque el bus era un total mugrero y odiaba viajar más de 5 horas. Mientras me encontraba sentada en el lado derecho, del lado izquierdo se vivía un total infierno: gallinas revoloteando por todos lados; por ahí una criatura de meses de nacido se angustiaba por llegar a su casa que quizás se encontraba en el pueblo más cercano (o lejano); gringas que apestaban a marihuana y nosotros con cara de idiotas demostrando que éramos unos totales neófitos en el campo del mochileo.
A quien realmente le emocionaba llegar a Santo Domingo era a mi mejor amiga, Jane, que tenía casi 6 meses sin ir a su patria chica y sin ver a su padre que estaba gravemente enfermo. Pero bueno, continúo… Santo Domingo se portó agradable los primeros kilómetros del camino. Ya casi entrando al corazón de esta particular ciudad, casi me infarto.
Centro Educativo para menores pertenecientes al DINAPEN, eso se leía realmente espantoso. Si son escépticos jamás me creerían que ese edificio era demasiado tétrico: estaba en la punta de un pequeño cerro, éste era como negruzco y con muchas piedras. Alrededor del edificio se veía un halo de neblina negra, sólo faltaban los truenos saliendo del furioso cielo para rematar con su aspecto transylvaniano. Al principio comencé a dudar de las bellezas de Santo Domingo, o quizás decir: Vaya, este lugar también tiene lo suyo para meter terror.
Bueno, continúo con el lugar del DINAPEN, me pareció sumamente cruel lo que dijo mi mejor amiga, ahora guía turística, muy seriamente: Mi madre me quiso meter ahí alguna vez, es para que no le salga arrebatada ni rebelde. La verdad es que a partir de ese momento no me quería enterar que tal eran los habitantes de la ahora provincia.
El carro siguió su recorrido, es decir, ya ahora sí estábamos llegando a lo que se llama “ciudad”, “perímetro urbano” o simplemente “civilización”. Poco a poco lo que quedaba del paisaje andino se iba reduciendo a pequeñas casas mal pintadas, mini haciendas con vacas flacas y lo más raro que pude haber visto en toda mi vida y que es motivo del título de este relato: ¡Una cuadra llena de chongos! Quizás “chongo” no sea la palabra correcta, para hacerlo sutil los llamaré night clubs.
Bienvenidos a Santo Domingo donde están las mejores mujeres- La posada del Padrino. Ese fue el primero que alcancé a ver porque era el más colorido. Si me acercaba lo más probable es que ese lugar oliera a azufre; era rojo, grande y con muchas prostitutas fuera de él como si estuvieran en una vitrina para que el que llegue primero se lleve a la mejor. En la parte de arriba había un gran letrero con una mujer desnuda enseñando su sexo. Me pareció repulsivo, humillante y hasta poco imaginativo. Jane se rió a más no poder y me dijo: Santo Domingo es la ciudad de los cabarets.
En esa misma cuadra había uno llamado El harén del jeque. Nombre bastante redundante por cierto, pero no criticaré su nombre. Era el más grande de toda la cuadra y era mucho más notorio de lo que pude haber creído. Era de color crema y la puerta era como Taj Mahal pequeño y con muchas luces alrededor y un guardia de raza negra parado con cara de malo. Los clientes entraban como el perro por su casa (en realidad creo que ya habían hecho de aquel lugarcillo su casa) y salían de la nada de ahí.
El chofer paró para tomarse su cola en funda mientras nosotros veíamos a Jean Claude Van Damme arrancándole la lengua a un ruso. Las gallinas seguían cacareando, las gringas seguían apestando a marihuana. Mi otro amigo estaba cabezeándose contra mi hombro y Jane y yo decidimos seguir hablando de lo “bello” que era Santo Domingo.
Jane giró la cabeza y se dio cuenta que ya estábamos cerca del terminal. Situación que me complacía ya las gallinas me habían dejado una sordera temporal. El chofer arrancó de nuevo la gran carcacha y seguimos camino directo a lo normal.

Al llegar al terminal de Santo Domingo ya me había terminado de convencer de que el mochileo, los viajes en bus y los amigos emocionados no eran para mí. Ese lugar era una miniatura. Las cajas de las diferentes flotas convivían en un mismo cuarto u oficina de tres por tres. La escena de las gallinas cacareando, de las criaturas llorando y demás cosas extrañas que pueden ocurrir en una dimensión paralela, se repetía y con más intensidad. Los olores eran fuertes y penetrantes: había algunas personas que no se bañaban por días al parecer y dejaban ese tufito navegando sin nariz específica. Los dependientes de los negocios aledaños debían salir de sus lugares de trabajo para gritar lo que vendían y le cayeran los clientes. Las cabinas telefónicas eran un tubo donde no se podía ni marcar.
Yo que soy claustrofóbica sentía morirme. Las personas recorrían ese lugar que era muy estrecho como si fuera un amplio estadio. Dos imbéciles y Jane, que estaba muy feliz, en medio de la nada no era una escena bastante plausible.
Llegó el momento de irnos a la casa de Jane a más que sea tomarnos un vaso con agua y yo a medio bañarme porque estaban tan sucia que la suciedad se habría burlado de mí sí me hubiera visto. El recorrido hasta su casa fue mínimo y la vista era repetitiva: casas viejas, casas aparentemente nuevas; panaderías colombianas y sobre todo la estatua de un jefe de los Colorados en la mitad de un redondel.
Mi viaje a la Sierra no fue del todo gratificante puesto que odio viajar tanto tiempo en un bus, pero me encantó la compañía de Jane porque siempre vio todo a color. Lo más probable es que si yo hubiera nacido en Santo Domingo en alguna conversación habría dicho: vivo en una ciudad que se divide entre chongos y vegetación y un colegio para desadaptados a las fueras de ella. Definitivamente, Santo Domingo no me quiso cuando me mostró su lado pervertido. Pero de lo que corre por mi cuenta, regresaría mil y un veces para reírme con ganas de los chongos de paso.

viernes, 6 de mayo de 2011

Con los huevos en la mano

Lo recuerdo como si fuera ayer. Es algo que todavía se pasea ligeramente por mi mente, como si un pequeño gato tocara alguna parte de la superficie de mi cuerpo. Tenía cuatro años, entrando a cinco en realidad, cuando decidí cambiar mi feminidad por la comodidad de ser un hombre. Desde que tengo uso de razón, mi cabello ha sido rizado: algo no muy agradable porque es desesperante tener una maraña de pelos que te revolotean en la cara como pequeños alambres de púas que te lastiman hasta sangrar. Quise terminar con eso de una vez por todas, y lo haría sin dar vuelta atrás.

Una noche mi madre salió a comprar los ingredientes para hacer un pastel y como sabía que iba a demorar, en mi cabeza pasó la más macabra de las ideas: me cortaría el cabello al ras de la oreja, me sentiría como un niño y sería feliz por el resto que quedara de mi pelo o al menos hasta que creciera. Escuché: “ya vengo Paquita, regresaré pronto, Marina está lavando no la molestes”. Mi madre es una mujer pequeña y sus minúsculas pisadas contra el suelo frío sonaban fuertemente, como pisadas de un gigante. El eco del sonido de sus pequeños piecitos, era constante y me daba escalofríos, llegó hasta mi cuarto como símbolo de: “ya puedes hacerlo”. No quise levantar sospechas de que algo tramaba en mi cabeza y le dije a la chica de la limpieza, Marina (ella tenía la peculiar característica de lavar por las noches), que iba a dormir porque ya había jugado mucho. Ella seguía chasqueando una manga de la camisa contra otra. Me ignoró y su indiferencia no me llamaba la atención, sin embargo sentí como si un coro de ángeles cantara en mi oído.

Esta escena me parece tan infantil que la describiré tal cual mi mente la recuerda: me saqué los zapatos y salí corriendo en puntillas, el único sonido que se escuchaba era el aire. Entré a la cocina, tomé las tijeras, saqué la cabeza por la puerta de la cocina cual culpable de un crimen; moví mis pequeños pies tan rápido que no los sentía, sólo veía el aire que producía mi velocidad, y llegué al cuarto de mi mamá. Dejé las tijeras sobre el tocador; el frio del metal me cogía electricidad por todo el cuerpo, pero eso aumentaba mis ganas de liberarme del cabello sobrante. Me miré frente al espejo: la imagen de la niña con churros largos como resortes iba a desaparecer en minutos; toqué uno de ellos: su suavidad me hizo dudar, me hizo entristecer pero era una decisión sin vuelta atrás. Tomé una gran proporción de cabello; su abundancia me hacía cosquillas en la mano y el frio de la tijera ahora me daba un pánico incontenible. Lo corté. El pedazo de cabello antes de caer al suelo tocó mi espalda, como que si estuviera despidiéndose de mí. Cuando los veía caer, sin ser exagerada, parecía la caída de los grilletes de un prisionero, y en mi pequeño oído se reprodujo el sonido agudo del metal. Sonreí temblando. Hice lo mismo con el pedazo izquierdo. Esta vez no sentí liberación, me imaginaba constantemente a mi madre tratando de presionar mi cuello o el sonido de la nalgada respectiva. Sin embargo, lo hice.

De repente, escuché las llaves de mi madre. Abrí tanto la cavidad de los ojos que ya los podía tocar en mis manos de una vez que cayeran. Abrió suavemente la puerta y escuché: ¡Paquita! ¡Paquita! ¿Dónde estás? Te traje algo.  La sangre de mi cuerpo era agua por lo asustada que estaba. Yo no pensaba salir para que mi mamá viera el desastre que me había hecho en el cabello. Los pasos se escuchaban más cercanos al cuarto donde estaba. Yo podía escuchar los latidos de mi corazón y a la vez me veía sin poder sentarme una semana por la tanda de nalgadas que me daría. Sin embargo, los pasos cesaron en la cocina. Respiré, tal fue el sonido de mi suspiro, que se escuchó y retumbó en todo el cuarto. Los pasos otra vez se aproximaban. Mi madre se puso en el plan de búsqueda de mi pequeña anatomía culpable. Ahora me decía: ¿Dónde estás? Me estás haciendo asustar. Ahora por mi cuerpo, sobre todo en mis manos culpables, recorría un ardor terrible como si estuviera insolada. Ya, había llegado. Antes de levantar sus ojos sobre mí estuvo a punto de decirme: Mira he comprado unos huevos para… en ese momento exacto me miró de pies a cabeza, su intuición materna sabía que algo me faltaba. No estaba completa ante su tierna mirada. Al mirar mi cabello se dio cuenta de la desgracia que había ocurrido mientras ella estaba buscando los ingredientes para el maravilloso pastel. No podía dar unos pasos más para atraparme porque si no se reventarían los huevos que tenía en ambas manos. De repente vi su cara de furia, tenía que mirarla al mismo tiempo de los huevos. Los huevos se iban rompiendo y el “crack” de la cascara me espeluznaba. El líquido de la clara y de la yema recorría los dedos de mi madre. El hilillo llegaba al suelo y sonó como un pie al contacto de un charco lodo. Luego el rostro de la madre en cuestión cambió y ahora tomó un aspecto tierno. Es decir, toda la venganza recayó sobre los huevos. Mi madre me tomó de la mano y nos sentamos en la cama. Nos abrazamos y me dijo: no lo vuelvas a hacer, si querías cortarte el cabello me hubieras dicho que te habría llevado. Al día siguiente yo estaba en la peluquería para que me arreglaran lo mal que estaba hecho el corte. A la semana siguiente yo estaba en el kínder y la foto que me tomaron se veía el cabello mínimo, en realidad ahora si era un niño. Niño al que odiaba porque ya no me podía poner vinchitas de colores.

De eso han pasado 15 años y mi madre cuando ve que me he cortado el cabello me dice: “cuando tenías 5 te agarré con los huevos en la mano”.

lunes, 2 de mayo de 2011

Autorretrato

Hace 20 años y unos tantos meses a una mujer de 34 años se le diagnosticó un posible tumor en el útero. La idea de morirse joven, por un momento, la aterró; pero como sabía que todo debía comprobarse con un eco decidió esperar para decírselo a su madre. Días después del vaticinio “improvisado” del doctor, se fue a hacer el dichoso eco y así saber cuántos días, meses u horas les quedaban por vivir. Para no alargar el cuento: el tumor tenía tres meses de fecundado; estaba bien formado y el ginecólogo con cuanta emoción le dijo a la asustadiza mujer: su tumor es una niña.

Es un poco triste reconocer, ante ustedes, de que fui producto de una mala hipótesis médica; pero no me avergüenza, al contrario me da tanta gracia que en primera instancia fui un tumor y luego un feto (los milagros existen). Así es, nací hace 20 años un cuatro de octubre en alguna clínica de la ciudad (me hubiera gustado tanto decir: vine al mundo conociendo la cocina, el baño o algún taxi). Desde pequeña odié dos cosas de mi cuerpo: mi cabello extremadamente rizado y mi nariz aguileña. Ahora la cosa ha cambiado un poco: soy la más alta de mi familia (todos no pasan del metro con sesenta y cuatro centímetros), mi cabello ya está menos rizado y más negro (¡bendita sea la plancha de soporte de cerámica!), mis ojos a la luz del sol se ven negros y por las noches se hacen cafés, creo que quise ser gato. Era blanca pero las horas de educación física en el colegio me dejaron de color canela. Como ya les conté, mi única inconformidad corporal, hasta ahora, ha sido mi nariz. Cuando tenía unos 12 años, mi prima me decía que me parecía mucho a Cicerón. No me ofendía parecerme a un poeta griego, me ofendía el tamaño de mi nariz. Poco a poco lo superé y aprendí a vivir con ello después de que me enteré de que la cirugía plástica no siempre es la mejor opción. Tengo dos hoyitos en las mejillas y eso me da una apariencia de risueña, pero no lo soy.


Tengo problemas de salud como todos. Soy asmática y eso me hizo ganarme una estadía de dos meses completos en el hospital cuando apenas tenía 3 años. Han pasado 17 años y las crisis asmáticas son escasas. Sólo se presentan cuando me emociono, me estreso o me deprimo.


De santa no tengo ni un pelo, pero mi segundo nombre hace gala al nombre de San Francisco de Asís. Otro complejo sembrado por la sociedad infantil, estudiantil y más adelante “tus amistades” fue el que siempre me dijeran: Pancha, Paca o Panchita. En serio, creo que es un real complejo. La verdad y por mi salud mental prefiero que me digan Pakita (hace 4 años lo dejé de escribir con “QU” porque quería estilo). También es un trauma personal que he aprendido a sobrellevar. Aprendí a leer a los cuatro años, pero no por eso soy superdotada o algún tipo de ser humano con un IQ de más de 180.


Mi mamá siempre tuvo miedo de que presente problemas de personalidad, educativos o cualquier cosa que dé indicios que sería sociópata, psicópata o asesina, debido a su divorcio. Creo que fue un alivio para ella evitarle el trabajo de llevarme al psicólogo cada jueves después del colegio. Tanto así que, todo el tiempo que mi padre estuvo lejos de casa me involucré en mis cosas colegiales y sociales. Fui buena estudiante y supongo que lo sigo siendo. De esa experiencia familiar aprendí que debía ser autosuficiente, tener una personalidad arrolladora pero siempre manteniendo mí fuerza de carácter.


Eso último siempre ha sido mi mayor problema. “Tener personalidad” me parece que siempre fue una etiqueta porque “tener personalidad” no siempre trae cosas buenas. Por lo menos a mí no, por lo mismo que “tengo personalidad” he desarrollado capacidades/virtudes/defectos que nunca en vida mi madre sabrá ni mi familia porque pedirían mi exilio en alguna isla del Caribe. Me volví más observadora, por ende crítica. A veces siento que me paso un poco de la raya; pero he aprendido a ser tolerante y a las personas que critico fuertemente, usualmente, les pido disculpas. Digo mil lisuras por minuto (mi madre uno de estos días sacará un desinfectante o me dejará sin dientes), sé que se escucha horrible; es que hay gente que las provoca, bueno en realidad no sólo las personas sino todo lo que te pasa durante el día. Ese no es el punto, todos las decimos y ya. Después de que me salí de dos veces de la universidad se me ha complicado ser “sociable”. En el colegio solo pasaba haciendo amigos y parloteando con cualquiera. Ahora no, es diferente. Si tengo “vida social” es gracias a los que vengo conociendo desde el primer ciclo en esta universidad.


Me justificaré, esto de no tener amigos es porque a veces odio a la humanidad (grave problema convivo con ella todos los días de mi corta/mediana vida). Todo lo que veo en los diarios, noticieros, en carne propia y demás programas me hace vivir con la paranoia de que cualquiera me puede clavar un cuchillo. Odio a los seres humanos porque son los únicos animales que hacen daño a otros animales que carecen de habla. Mi madre cada vez que me oye hablar de eso me dice que definitivamente hago gala a San Francisco. Como es obvio, tengo mis odios particulares. Odio a unos cuantos pero eso me lo guardo para mí, después se ofenderían o irían con el chisme. Sé dar consejos, sé solucionar problemas ajenos; sin embargo mi vida se puede estar cayendo a pedazos y no hago nada por barrerlos. Creo que no me gusta reconocer mis errores, o todo lo negativo que gira en torno a mí. Eso no me hace una mala persona, es más, sé que ayudo demasiado y a veces dejo de hacer mis cosas por los demás.


Sé mover las orejas, me gusta morderme la parte interna de mi cachete. Le tengo pánico a los dentistas, no puedo dormir a menos que sea con bulla y duermo de lado izquierdo de la cama. De ese lado está siempre muy frio. No creo que en la bondad de la gente, sé que por ahí hay un villano de película. Me encanta el color turquesa, es el más transparente de los colores que me gusta. Me trueno los dedos cada 5 segundos.


Cuando sea grande quiero escribir. No cualquier cosa: quiero escribir terror, quiero perturbar y desgarrar mentes. Amo matar gente escribiendo. Obviamente sé que alguna vez escribiré algo bonito, lleno de liebres en el prado, de flores y amor por cada hoja que se lea; mientras todavía no sea eso, me conformo con ser una asesina anónima, que su única arma es un teclado y un mouse. Si llego a ser escritora no me gustaría ser famosa. ¿A quién engaño? Eso es inevitable, pero espero llevarlo como algo bueno, obvio alguien por ahí ha de querer ser como yo. Con mi escritura tampoco planeo traumar niños ni mandarles mensajes subliminales; pero sí abrirles los ojos para que vean que la literatura terrorífica es hermosa. Por ahora, sólo pienso en qué pasará con mi vida: quizás cuando sea una anciana me esconda en un pueblo europeo donde haya casitas de “chocolate” y pasen por ahí de vez en cuando Hanzel y Gretel.