Al fin y al cabo, la amo. Eso siempre trato de meterme en la cabeza cada vez que veo a Bárbara sufrir una de sus transformaciones. No sé si yo, pero hasta ahora he sido paciente o demasiado pendejo para aguantar algo tan abrupto como sus cambios diarios. Ella se lo atribuye al mal de la familia. Llevamos un año y unos cuantos meses de novios y todavía no entiendo cuál es su verdadera justificación ante el problema.
El día de nuestro aniversario llegué a su casa con un gran ramo de rosas blancas, sus favorita. Al abrir la puerta, la vi hermosa: su piel estaba fresca como siempre, olía delicioso, estaba prolijamente peinada, pero había algo en su ropa que no me cuadraba. En realidad, no encajaba en la tipicidad y sencillez de mi Bárbara. Estaba vestida como una girl scout porque según ella me daría la sorpresa de mi vida.
-¡Bárbara! ¿Qué demonios te ocurre?
-Nada amor, ¿por qué?
-¡¿Por qué?! Se supone que iríamos a cenar a tu restaurante favorito
-Pero, tú sabes cómo soy Ignacio, a mí no me gusta la rutina, yo soy más…
-¡LOCA!
-No, soy más original, cosa que ya deberías saber de mí.
-Lo admito, pero es nuestro aniversario y te advertí que...
-Sí, sí que deberíamos celebrarlo con más seriedad y bla bla
-¡Bárbara! Yo te amo pero no sé si soportar tremenda cosa.
Lo consiguió, me convenció de hacer una cita creativa para que yo aprenda de la calidad de bueno que ella como un ser especial posee. Ese día, Bárbara me llevó a ayudar ancianos, fuimos a parar a un asilo para que yo sacara mi lado altruista. Permanecimos ahí casi la mayor parte de nuestra tarde. Tarde en la que pudimos haber hecho cosas más interesantes o por lo menos que a mí me parecieran dignas de la celebración de mi primer aniversario a lado de una loca. Al llegar del asilo, y antes de llegar a su casa Bárbara alcanzó a ver a Silvestre, el gato de su vecina, trepado en un árbol y maullando como ambulancia dañada para que lo bajaran. Bárbara cometió el error más grande de su vida: me hizo ir en busca de Silvestre.
-Ignacio, súbete despacio, dijo en tono de madre protectora
-Amor eso intento, este árbol está demasiado empinado, le respondí con calma para que no sospechara de mi pánico a las alturas.
-No sé como pretendes ser un buen boy scout, contestó virando su rostro como queriendo ignorarme.
-¡BÁRBARA! YO SOLO PLANEABA LLEVARTE A COMER SUSHI NO QUE ME VIERAS COMO TU HÉROE
-PERO SI YA ERES MI HÉROE, SÓLO QUE UN POCO MALO Y CRUEL CON LOS ANIMALES, contestó con voz de niña de tres años.
-¡YA MISMO LLEGO A LA COPA DEL ÁRBOL!
Mi novia no sabía que sufría de vértigo. En realidad sí y lo sabía porque nos conocemos a la perfección, sólo que en sus cambios de personalidad se olvida un poco de mí y se preocupa por transformarme en una mejor persona. Cuando tomé al condenado gato no pisé bien el tronco del árbol y enseguida eché una mirada abajo lo que provocó que me desubicara del espacio y cayera como un tótem recién derribado.
-¡Ignacio! ¿Estás bien?, preguntó con la angustia encerrada en su garganta
-Bien he…cho mierda, querrás de…cir, contesté con la voz entrecortada por las magulladuras hechas recientemente en mi cuerpo.
-Mírale el lado bueno, acabas de sacrificar tu buen estado físico por un animalito
-Bárbara, si te callaras sería mucho mejor
-Jajaja, eres un resentido
Finalmente, apretó a Silvestre entre sus brazos y me dejó botado en el suelo quejándome de la fractura en alguna parte de mi cuerpo que veía venir. Caminó hacia la puerta para tocar el timbre. Cuando la vecina salió, la recibió con lágrimas en los ojos y le agradeció por lo valiente que había sido al bajar ella al pobre gato negro. Pensé estúpidamente que Bárbara reconocería que yo era el héroe de ese pequeño episodio, pero no, se llevó el crédito y las galletas de chocolate que la amable y regordeta vecina le dio en recompensa a la noble hazaña. Yo seguía en el suelo, esperando a que Bárbara llegara a salvarme.
***
Gracias a la sorpresa de Bárbara quedé con una lesión de columna y postrado en una cama por dos semanas. Durante ese tiempo, Bárbara vino a hacerme compañía, estaba más apaciguada y sus cambios de personalidad no se presentaron. Luego de esas dos semanas volví a la rutina y aunque era consciente de todo el tiempo que llevaba con ella y conocerla con sus transformaciones, me gustaba mucho lo que hacía. Después de todo, me daba el lujo de conocer su personalidad mutante.
Llegué un día de esos a su casa para ver si íbamos al cine o hacíamos cualquier cosa que no implique estar encerrados ahí, con los ojos de sus padres encima mío. Cuando toqué la puerta, Bárbara estaba con el maquillaje chorreado, tenía los ojos hinchados como si le hubiera dado conjuntivitis. Lloraba como una magdalena y me miraba con cara de pocos amigos. Me preocupé bastante por su estado porque me hizo imaginar que alguno de sus padres había muerto, o quizás también se murió su canario Piolín o su tortuga Miguel Ángel.
-¿Qué te pasa?, pregunté y le hice pico para que me besara
-¿Que qué me pasa?, respondía mientras viraba la cara en afán de resentimiento
-Sí, eso mismo te estoy preguntando, le dije tratando de que no se me abalanzara a pegar.
-Eres un cínico, infeliz, desgraciado, mal hombre, contestó histérica
-A ver, a ver. ¿Bárbara viste alguna novela donde haya un tipo que se llama Ignacio y sea un mal hombre?, me hice el jocoso
-No, no precisamente, sé que me engañas, respondió con un nudo en la garganta
-¡¿Ah?!
-No te hagas el imbécil, Ignacio José
-No me llames José, bien sabes que no me gusta
-No me interesa
-Me podrías explicar qué sucede
-Hoy me llamó María José y me dijo que te había visto con la tipa esa
-¿Cuál tipa esa?
-Esa…
-¿Acaso te refieres a Gabriela?
-Sí, a esa misma
-Pero Bárbara, estás loca ella es mi mejor amiga
-María José me dijo que te vio muy acaramelado con ella
-¿Cuándo fue eso? Claro, según la detective de tu amiga
-No le digas así, pero dice que fue ayer
-Bárbara, tú crees en chismes de vieja cuentera, ayer pasé contigo todo el día
-¿En serio?
-Sí, en qué momento
-No sé, como tú eres medio inhibido conmigo
-Déjate de inestabilidades emocionales, ayer andábamos felices juntos y hoy me sales con que te cuerneo
-Bueno, te creo por esta vez
-Está bien
Esa tarde la pasamos espectacularmente, es más nos besamos hasta arrancarnos los labios, según ella en compensación de su inestabilidad, inseguridad y todo lo que le aqueja por tener un novio tan guapo como yo. Aunque no le creo porque sé que alguna vez me fue infiel en uno de sus arranques vengativos. Me puso el cuerno con mi mejor amigo, sin embargo, sé que estaba pasada de copas y no es que la justifico o que yo sea un mandarina, pero tenía toda la razón para hacerme cachudo, yo me había abusado de su paciencia y la dejé plantada en una cita que teníamos planificada desde hace varios meses. Cuando la llamé por teléfono para excusarme estaba histérica, tan cabreada que estaba a punto de llorarle para que no me terminara.
-¿Aló?
-Buenas con Bárbara
-Soy yo Ignacio
-Lo siento, mi Barbie, no te reconocí la voz
-¿Qué es lo que quieres?
-Pedirte perdón
-¿En relación a…?
-A lo de la cita de antes de ayer, tú sabes la maqueta para el profesor de diseño era pesada
-Si Ignacio, pero esta cita la veníamos planificando desde que tenemos seis meses de novios
-Lo sé, amor, pero también debes comprender que…
-¡Que nada!
-Tenemos diez meses de novios y nunca la concretamos y cuando al fin se da tú vienes y me dejas vestida y alborotada
-Perdóname
-No, nada de perdóname, tú y tus estudios me estresan. Deberías aprender a mí, nunca me siguió interesando estudiar, por eso trabajo y gano mi propio dinero.
-Pero es que a ti no te gusta estudiar, a mí sí, en parte. Por lo menos me lo tomo en serio
-Quiero que sepas que ayer me besé con Felipe en la fiesta que hicieron el mirador para celebrar su egreso de la carrera.
-A la que no íbamos a ir por nuestra cita ¿no?
-Así es, y déjame decirte que besa mejor que tú-
Me colgó histérica, pero esa ha sido nuestra única pelea fuerte. Bárbara es así, aunque me cuesta adaptarme a sus temporadas de oleaje de hormonas. Pero al fin y al cabo, la amo tal cual es. Se supone que ya hoy nos vemos para acompañarla donde su terapeuta. Me olvidaba contarles, no sabía que Bárbara era adicta a leer su horóscopo todos los días y a cada rato para que este le vaticinara su destino. Como soy de los que no me preocupo por eso decidí tomarlo como una manía de cualquier persona y reírme de aquello. Pero no, realmente estaba equivocado, Bárbara es líquida y moldeable gracias a su signo. Ella mismo me lo dijo ayer que hablamos por primera vez sobre su problema.
-Es que es algo que no sabes
-Dime Bárbara
-Yo creo que estoy loca
-Pero, así te quiero
-No, no es que esté bien
-No entiendo
-O sea mi locura no es de estar atada por una camisa de fuerza
-¿Entonces cómo?
-Pues mis padres creen que es la maldición familiar
-Cuéntamela
-Mira, todos los miembros de mi familia han nacido entre el 19 de enero y el 22 de febrero
-¿Ya?
-Sí, es muy grave
-Explícate que me estás asustando
-Ignacio, no puedo creer que no sepas nada de astrología
-No me preocupo en banalidades para serte sincero
-Mira, soy acuario y todos los de mi signo tienen todas las características que has ido conociendo, así pasó con mamá y bueno como ya te estoy dando pistas solo se presentan con más ahínco en las mujeres
-Quieres decir que… eres inestable, insegura, creativa, innovadora, infiel por impulso y demás cosas
-Ajam
-Necesitas ayuda
-Lo sé, ya me cansé de ser un líquida como el agua y moldeable como la plastilina.
Al llegar a su casa para acompañarla al terapeuta, me llamó la atención algo bastante particular que encontré en Bárbara: estaba vestida como una dominatriz. Traje negro, de cuero y ceñido al cuerpo; botas de charol muy brilloso y látigo en la mano. Era la primera vez que veía a la que era mi novia en un traje tan provocativo, tan sensual. Me di el lujo de hacer una inspección a sus curvas que siempre ocultaba bajo los pantalones cargo, suéteres de colores neutros. Sus ojos verdes, al fin se habían destapado de aquellos lentes cafés y finos. Vaya, Bárbara era toda una mujer, no cualquiera, era una mujer de la fantasía de cualquier sadomasoquista o dispuesto a ser víctima de esa vampiresa. Mis ojos estaban fuera de órbita y mis babas fuera de control. Al fin mi novia estaba comprendiendo el mensaje de las indirectas que le mandaba cuando le decía: debes probarme que me amas.
-Hola, guapo, me susurró al oído
-Bá…Bárbara, me intimidé y comencé a temblar
-¿Quieres hacer cosas malas y cochinotas?, lo dijo mientras lamía mi oreja y golpeaba el látigo en el suelo
-¿Qué dices? ¿Tus padres?
-Te pregunté si querías hacer cochinadas no que te inhibas
-Sí en realidad quiero ser más cochino que Babe el puerquito valiente, le contesté ya con la libido a mil
-Entonces, pasa, me tomó del cuello de la camisa halándome hasta su cuarto.
Cerró la puerta, no me gustaría entrar en detalles, pero lo que debo decir es que era el polvo más fabuloso de mi vida. Se abusó de mí y yo no tenía ninguna objeción. Desde ese día Bárbara ha tenido sus arranques creativos cuando vamos a hacer cosas malas. La verdad, ya no me disgustan tanto sus cambios repentinos, es más cada vez que toco el timbre de su casa ruego para que me atienda Barbie la enfermera sexy, Barbie la estudiante mala, Barbie la mata hombres o Barbie la exploradora.
¿El terapeuta? Que se vaya al carajo, mientras yo viva, ella no pisará ese mugroso consultorio. Ya es hora de que Bárbara pague la fractura que me hice en la columna gracias a Silvestre (lo hace muy bien por cierto).