Una noche mi madre salió a comprar los ingredientes para hacer un pastel y como sabía que iba a demorar, en mi cabeza pasó la más macabra de las ideas: me cortaría el cabello al ras de la oreja, me sentiría como un niño y sería feliz por el resto que quedara de mi pelo o al menos hasta que creciera. Escuché: “ya vengo Paquita, regresaré pronto, Marina está lavando no la molestes”. Mi madre es una mujer pequeña y sus minúsculas pisadas contra el suelo frío sonaban fuertemente, como pisadas de un gigante. El eco del sonido de sus pequeños piecitos, era constante y me daba escalofríos, llegó hasta mi cuarto como símbolo de: “ya puedes hacerlo”. No quise levantar sospechas de que algo tramaba en mi cabeza y le dije a la chica de la limpieza, Marina (ella tenía la peculiar característica de lavar por las noches), que iba a dormir porque ya había jugado mucho. Ella seguía chasqueando una manga de la camisa contra otra. Me ignoró y su indiferencia no me llamaba la atención, sin embargo sentí como si un coro de ángeles cantara en mi oído.
Esta escena me parece tan infantil que la describiré tal cual mi mente la recuerda: me saqué los zapatos y salí corriendo en puntillas, el único sonido que se escuchaba era el aire. Entré a la cocina, tomé las tijeras, saqué la cabeza por la puerta de la cocina cual culpable de un crimen; moví mis pequeños pies tan rápido que no los sentía, sólo veía el aire que producía mi velocidad, y llegué al cuarto de mi mamá. Dejé las tijeras sobre el tocador; el frio del metal me cogía electricidad por todo el cuerpo, pero eso aumentaba mis ganas de liberarme del cabello sobrante. Me miré frente al espejo: la imagen de la niña con churros largos como resortes iba a desaparecer en minutos; toqué uno de ellos: su suavidad me hizo dudar, me hizo entristecer pero era una decisión sin vuelta atrás. Tomé una gran proporción de cabello; su abundancia me hacía cosquillas en la mano y el frio de la tijera ahora me daba un pánico incontenible. Lo corté. El pedazo de cabello antes de caer al suelo tocó mi espalda, como que si estuviera despidiéndose de mí. Cuando los veía caer, sin ser exagerada, parecía la caída de los grilletes de un prisionero, y en mi pequeño oído se reprodujo el sonido agudo del metal. Sonreí temblando. Hice lo mismo con el pedazo izquierdo. Esta vez no sentí liberación, me imaginaba constantemente a mi madre tratando de presionar mi cuello o el sonido de la nalgada respectiva. Sin embargo, lo hice.
De repente, escuché las llaves de mi madre. Abrí tanto la cavidad de los ojos que ya los podía tocar en mis manos de una vez que cayeran. Abrió suavemente la puerta y escuché: ¡Paquita! ¡Paquita! ¿Dónde estás? Te traje algo. La sangre de mi cuerpo era agua por lo asustada que estaba. Yo no pensaba salir para que mi mamá viera el desastre que me había hecho en el cabello. Los pasos se escuchaban más cercanos al cuarto donde estaba. Yo podía escuchar los latidos de mi corazón y a la vez me veía sin poder sentarme una semana por la tanda de nalgadas que me daría. Sin embargo, los pasos cesaron en la cocina. Respiré, tal fue el sonido de mi suspiro, que se escuchó y retumbó en todo el cuarto. Los pasos otra vez se aproximaban. Mi madre se puso en el plan de búsqueda de mi pequeña anatomía culpable. Ahora me decía: ¿Dónde estás? Me estás haciendo asustar. Ahora por mi cuerpo, sobre todo en mis manos culpables, recorría un ardor terrible como si estuviera insolada. Ya, había llegado. Antes de levantar sus ojos sobre mí estuvo a punto de decirme: Mira he comprado unos huevos para… en ese momento exacto me miró de pies a cabeza, su intuición materna sabía que algo me faltaba. No estaba completa ante su tierna mirada. Al mirar mi cabello se dio cuenta de la desgracia que había ocurrido mientras ella estaba buscando los ingredientes para el maravilloso pastel. No podía dar unos pasos más para atraparme porque si no se reventarían los huevos que tenía en ambas manos. De repente vi su cara de furia, tenía que mirarla al mismo tiempo de los huevos. Los huevos se iban rompiendo y el “crack” de la cascara me espeluznaba. El líquido de la clara y de la yema recorría los dedos de mi madre. El hilillo llegaba al suelo y sonó como un pie al contacto de un charco lodo. Luego el rostro de la madre en cuestión cambió y ahora tomó un aspecto tierno. Es decir, toda la venganza recayó sobre los huevos. Mi madre me tomó de la mano y nos sentamos en la cama. Nos abrazamos y me dijo: no lo vuelvas a hacer, si querías cortarte el cabello me hubieras dicho que te habría llevado. Al día siguiente yo estaba en la peluquería para que me arreglaran lo mal que estaba hecho el corte. A la semana siguiente yo estaba en el kínder y la foto que me tomaron se veía el cabello mínimo, en realidad ahora si era un niño. Niño al que odiaba porque ya no me podía poner vinchitas de colores.
De eso han pasado 15 años y mi madre cuando ve que me he cortado el cabello me dice: “cuando tenías 5 te agarré con los huevos en la mano”.
jajajajaajajajaja ! que risaaaaaaaa !! yo kiero ver esa foto ! por favooooooor por favooooooor promete que me la enseñaras ! =)
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