miércoles, 1 de junio de 2011

Amar-te destruye

No lo recuerdo bien. En realidad sí, mi memoria no me traiciona sólo que cuando pienso en ello prefiero cerrar mis ojos para confirmar que fue simplemente eso: un mal momento de mi vida. Hace ocho meses, por segunda vez, me enamoré. Fue bastante raro porque no estaba en mis planes enamorarme y para ser sincera, no me interesaba estar así. Me porté fuerte hasta el último suspiro, pero caí, me resbalé y no salí de ese fango hasta que caí en cuenta de que ya no me quedaba dignidad. Él se llamaba F… (No pondré el nombre y  está puesto en pretérito porque no me gusta ponerle nombre propio a lo que nunca fue). Al principio solo me gustaba, solamente eso, porque era atento, buena persona, abreviadamente: él era el cliché más perfecto que había pisado mi vida. Sin embargo, era un desastre para vestirse y eso no me interesaba, mi vida es un desastre y él llegaría a ponerle más desorden y eso me fascinaba. Poco a poco, en mi cabeza, estas tantas perfecciones comenzaron a surtir efecto y empecé a pintar de rosa mi vida y en especial mi corazón.

Desde que puse mis ojos en él, cantaba, tenía ilusiones y mi madre se había quedado admirada de mi cambio: no me enojaba por gusto, sonreía tres veces al día, no sentía el estrés, lloraba, veía películas fresas y esperaba con ansias el día que me llegara a ocurrir eso: con él, solo era él quien podía ser el que se atreva a robarme la razón el tiempo que dure el romance. La joven con climaterio prematuro se estaba esfumando y al fin me veían como siempre fui antes de entrar a ser una adulta.

¡Me le declararé!  -me dijo el corazón-

¡No seas tonta, quizás no te corresponda y luego vas a estar llorando por un imbécil! –me hablé con la conciencia de por medio-

El debate entre mi corazón y mi conciencia era horrible, pero pensé en que siempre le hago caso a la razón y no a mi corazón. Corazón había ganado la batalla y por fin confiaría en él para tomar una decisión. Así que sacaría de mí la femme fatale que no tenía y me le declararía. 

Al fin me había decidido a decirle lo que estaba ocurriendo con mi vida y que aunque él no quisiera, sería: con él o con nadie. Iría a mi casa en sábado para  una de esas tantas reuniones para hablar del género humano, aunque en este caso le provocaría un infarto al confesarle mis sentimientos. Estaba esperando desde una hora antes, el mueble de la sala temblaba al mismo ritmo que yo: me moría de nervios, me comía las uñas, me peiné cada tres segundos y del perfume a duras penas quedaba un milímetro; no sudaba, creo que los poros se me cerraron de tanto amor. Estaba decidida y hecha un saco de nervios pero, lo haría y cuando me convenzo de algo es porque así debe ser, sino sería una maldita mediocre hasta en eso que se llama amor.

Llegó y a mí casi me da un infarto. Lo vi y tenía clara la película: no era perfecto externamente pero si por dentro. Yo buscaba eso y no dejaría pasar la oportunidad por prejuicios estúpidos. Nos saludamos como siempre, pero esta vez el beso que me dio en la frente lo sentí como una cálida brisa, como el toque de una mariposa y otra vez me desbaraté: no sentía las piernas y lo único que podía escuchar era mi corazón diciéndome que era ahora o nunca. 

De repente, me toma de los hombros y me dice al oído que me tiene que contar algo, mejor dicho: confesar. Lo primero que se vino a mi cabeza fue: ¡vaya me ahorré el trabajo sucio!, pero solo tuve el valor de mirarlo a los ojos con la cara llena de ternura. Al entrar a la casa fuimos directamente a la sala, y muy delicadamente se sentó en el mueble junto a mí. Si cuando lo vi llegar me había mutado en un flan, lo que quedaba de mí ahora eran los restos del flan derretido. Me dijo: es hora que lo sepas de una buena vez. Mis ojos se salían de sus órbitas, el corazón ya no hablaba sólo gritaba canciones de amor y yo estaba flotando en una constelación con nubes rosadas, liebres de narices en formas de corazón y unicornios. ¡Chas!, se quebró todo cuando dijo: hay alguien que me gusta y se llama… 

En ese mismo instante mis oídos se taparon, y sólo escuchaba lo que en mi cabeza ocurría: muchas voces lamentándose y ruido. Las mariposas de mi estómago murieron después del intoxicante olor de aquella decepción amorosa. Me tocó fingir felicidad mientras por dentro sentía y oía como me derrumbaba. Él seguía hablando de lo maravillosa que era la rival en cuestión y yo seguía disimulando con una sonrisa temblorosa. En realidad, me había roto el corazón en cinco mil piezas desiguales.

En la puerta, antes de irse me dijo: estoy tan feliz, estoy enamorado. Y me echó una de esas sonrisas que te absorben y desubican de la realidad. Me hizo de la mano y se fue caminando lentamente, mientras yo hacía mi mayor esfuerzo por no llorar afuera de la casa y que todos mis amigos luego me pregunten qué diablos ocurrió. Era un momento en que solo necesitaba escuchar una canción romántica (no corta venas) que me hiciera entender que el amor no era para mí. 

Así fue, me quedé en mi cuarto hasta el domingo haciendo cualquier cosa que no me permita pensar, razonar y darme contra las paredes; preguntando los típicos: ¿qué tiene ella que yo no? o ¿por qué a mí? Que un hombre me haya destrozado el corazón no significaba que el amor me vería la cara de estúpida. Sólo que con el pasar los días no tuve el valor de decirle: ¿sabes qué? me duele quererte, verte y hacer como que nada me ocurre. Sí, algo me ocurre y es…y hasta ahí se quedaría todo porque me conozco y sabía que me quebraría y lloraría. 

Para entrar en el proceso de olvido tuve que deshacerme de él: no hablé con él, lo rechazaba, trataba de no estar donde él estaba. Pero lo extrañaba, lo extrañaba tanto que dudé de mi fortaleza y pensé que al día siguiente le hablaría. Sin embargo, ya no quería sentirme así de minúscula, con el corazón roto y con ganas de patear a cualquier pareja que camine por la calle feliz; aunque también ya me había acostumbrado a llegar a cualquier lugar, entrar al baño a llorar, echarme agua en la cara, ponerme la máscara de felicidad y reírme de mi estupidez.

Así como me había decidido a ser valiente en esto del amor, también me había decidido a darle una patada. Cada mañana me levantaba con esto en la cabeza: si lo que ayer se llamó amor hoy es la espina del dolor que no merece mi atención y no le aporta al corazón nada, nada de cariño, ¿para qué diablos te voy amar si tú no me amas? ¿para qué diablos te voy a querer si tú no me quieres querer?. Maté mi amor, maté lo único que había querido por mucho tiempo y me dediqué a ser el peor verdugo de mi corazón y de mis ojos. Ellos ahora han firmado un pacto con una clausula en donde queda especificado que: Amar te destruye cuando el amado no te ve como amante.

2 comentarios:

  1. En la primera línea estoy confundido: "En realidad sí, mi memoria no me traiciona sólo que cuando pienso en ello prefiero cerrar mis ojos para confirmar que fue simplemente eso" No entiendo, la coma está de más, no terminaste la idea?

    Ya lo identifiqué: Sucker!:)

    No era perfecto, pero sí por dentro: que bestia!

    Pakita en tu historia puedo seguir e identificar la estrcutura clásica del relato, es bastante claro, pero a mi parecer, le faltó un poco más de sentimiento como: "Corazones rosados"

    Good job! (How lame am I?)

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  2. La historia si tiene estructura clásica, es más considero que de clásica tiene todo, como que le falta un poco más de acción o ficción quizás para que sea interesante, es un poco cursi, bastante en realidad.
    Creo que con tu mente que muchas veces pueda confabular contra un ente imaginario o no, podías haber creado una historia menos típica.

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