martes, 7 de junio de 2011

Psicofonías

Eran casi las diez de la noche. Salía de una típica reunión de trabajo. Reuniones en donde solo se intercambian alcohol, hablan mal del género humano y donde los belicosos sacan a flote sus necesidades sexuales. Después del amargo sabor de boca en esa bacanal fui en búsqueda de un taxi que me llevara a mi departamento lo antes posible. La noche estaba fría, casi podía tocar la neblina y sentía el viento helado golpear mi cara. Antes de morir congelada, decidí buscar en el gran bolso que llevaba, mi abrigo. Como todo era oscuro me puse de rodillas a lado de un poste encendido y así poder iluminar el fondo de mi cartera y poder encontrar el condenado abrigo. Cuando al fin lo encontré me di cuenta de que este estaba atascado y para poder sacarlo tenía que hacerlo con fuerza. Fue tal que al sacar a la mano salió volando una pulsera que me había regalado un reciente ex.
-Toma- me dijo una voz varonil muy armoniosa
Poco a poco fui levantando la cabeza. Primero vi sus zapatos, eran de marca, luego su pelvis, sus manos que se veían suaves, su pecho y finalmente su rostro. Los ojos se me humedecieron y automáticamente me sonrojé. Era lo más fantasmal y perfecto que había visto en todos mis años de recorrido amoroso. Su sonrisa protegía unos dientes grandes, blancos y bien enfilados. Sus ojos eran verde oliva. Aunque, había algo extraño en él. Era como un holograma, más preciso era un fantasma.
Me restregué los ojos por si acaso era el producto del único vaso de whisky que había tomado. Los cerraba y abría con incredulidad y solo seguía su rostro sonriente y afable. Me incorporé, limpié mi pantalón y estiré la mano tartamudeando un “gracias”.
-Te acompaño- preguntó amablemente
Estaba consciente de que estaba con un fantasma y que en el mundo material el ya no tenía cabida, además yo era demasiado decente como para andar con un fantasma por la calle, conversando y riéndome. La gente me tacharía de loca o de drogadicta que andaba alucinando ocasionando disturbios públicos. Pero, era demasiado encantador para negarle una caminata. Otra vez gagueé y le respondí con la voz entre cortada: Si quieres.
Cuando empezamos a caminar todo estaba armonizado con el típico silencio incómodo. Decidí romper el hielo y me armé de valor al preguntarle que qué había estado haciendo a esas horas de las noches y por ese lugar. Se rió a carcajadas y me contestó con tono coqueto: andaba asustando gente hasta que me encontré con una mujer hermosa, tú. Me sonrojé tanto que tocó mirar al suelo para ocultarme. Fui más osada y le pregunté su nombre. Se quedó callado y me di cuenta que su rostro era fantasmal y al mismo tiempo angelical, este tenía la palidez, sus ojos hundidos y en los pómulos el amarillo de la caducidad de la piel, pero este seguía desbordando vida al momento de sonreír. Después de un corto tiempo silente, me dijo que se llamaba Alejandro. Me dio datos adicionales. Terrenalmente tendría treinta años, pero que había muerto hace cinco, así que no sabía si tenía veinticinco o treinta.
Aparte de hermosa, le demostraría que era inteligente. Busqué las explicaciones más lógicas y argumenté que él tenía veinticinco porque esa fue a la edad que murió, además a los muertos no se les canta el cumpleaños feliz sino la misa de réquiem. Pero hábilmente me dijo: yo soy un alma en pena, sigo atado a este mundo de cierta forma, y volvió a reír fuertemente.
-¿Dónde vives?- preguntó
Esa había sido una pregunta inteligente. Yo no vivía por ahí, solo iba en busca de un taxi hasta que se me apareció el encantador fantasma en cuestión y se ofreció a hacerme compañía.
-Estoy algo desubicada por tu culpa- le contesté con un tono seductor.
Me guiñó un ojo. Propuso que vayamos a su casa porque él vivía por ahí y también porque sus padres se habían ido de viaje y él podía regresar cuando ellos se fueran para hacer sus manifestaciones poltergeist en privado. A ojos cerrados accedí.
Ya en su casa nos sentamos en el piso alfombrado de su sala de estar. Levitaba rápidamente y en un chasqueó de dedos encendió el estéreo y puso música suave. Entró a la cocina y trajo chocolate caliente. Ya no se alcoholizaba porque por culpa del trago se había estrellado en un poste y murió. Yo no tomaba porque no me gusta, el alcohol sabe a té sin azúcar. Se sentó a mi lado y durante esas dos horas hablamos de su vida; yo de mi reciente relación amorosa. A todo lo que yo le decía él sólo me miraba con atención y se reía. Se incorporó, levitó hasta el estéreo y cambió la música. Era una balada de esas que te obligan a abrazarte a la pareja.
-¿Bailas?- me preguntó
-No mucho para serte sincera- respondí avergonzada
Me tomó de la mano, y sentí claramente la transformación de su invisibilidad a piel. Piel suave, pálida y muerta, pero piel. Me estremecí y me uní a su cuerpo.
Bailamos pegados como unos diez minutos. Yo sentía que lo amaba, y que él a mí. Mientras nos meneábamos al son de la música tomó mi rostro y acercó el suyo. No sabía si sentía su respirar o el aire de la muerte. Era una sensación escalofriante y celestial al mismo tiempo porque su rostro era estaba iluminado a pesar de su palidez mortífera. Me robó un beso y yo le correspondí.
Esos besos se multiplicaron y nacieron las caricias, estas se estaban convirtiendo en sexo.
Hicimos el amor. En realidad lo podía tocar y esta vez ya podía sentir su pecho respirar en compás del mío. Era carne y olía a hombre. Un hombre que no se merecía estar muerto, se merecía ser feliz conmigo. Sí, habíamos hecho el amor y mi piel fue el lienzo de sus caricias: arañazos, besos y demás cosas que se hacen los amantes cuando la pasión los obliga a hacerse daño por amor.
-Te amo- me susurró en el oído
-Creo que yo también- le contesté besando su cabello
Ya estaba amaneciendo y él estaba recobrando su auténtica existencia. Yo tenía que ir a mi casa, luego al trabajo y volver a encontrarme con él a la misma hora. Nos despedimos como si nunca nos íbamos a volver a ver. Lo besé, en realidad traspasé su frente con ternura y salí de esa casa inmediatamente.
Esa fue mi rutina durante el tiempo que duró mi felicidad. Un día los padres de Alejandro llegaron de su viaje y me encontraron desnuda en el piso alfombrado de su sala. Llamaron a la policía y ante ellos rendí mi declaración. Ingenuamente pensé que me creerían y la solución que dieron a mi caso fue llamar al psiquiátrico. Allí le informaron a mi familia que tenía un trastorno esquizofrénico que hacía que tuviera alucinaciones y esto producía un efecto de realidad en mi mente sensible. Todo era producido por mi enfermedad del sueño, la narcolepsia que nunca me hice atender.
Pero, fue real y yo lo viví. Lo sé. Me encerraron en el psiquiátrico y llevo aquí seis meses después de haber conocido a Alejandro. La última vez que lo vi, o mejor dicho lo escuché en una psicofonía bastante clara dentro de mi cabeza fue durante el primer mes de mi estadía en el manicomio. Me contó que su familia había hecho una misa por sus cinco años de fallecido y que ahora su alma descansa en paz. Terminó diciéndome que se había apresurado al decirme que me amaba y que era su costumbre “cazar humanas” para pasar la noche, pero hace tiempo que no lo hacía. Por eso cuando me vio decidió seducirme y que le sirva de recordatorio del calor humano.

3 comentarios:

  1. Un gran cuento. Creo que tiene cualidades únicas.El personaje, el narrador, la conclusión. En fin. No sé que signo será, porque no estoy muy empapado con el tema; ahora, no sé si había que ponerlo como lo hizo Miguel. En fin, la narradora sigue un patrón que es distintivo, una cualidad.

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  2. Esta historia es la película Casper infinitamente más ingenua, moralista y maniqueísta. Mujer de rasgos antisociales sale de fiesta para "enamorarse" del primer hombre que le habla en una calle oscura, deciden que se agradan, caminan juntos, van a su casa (me pregunto cómo entraron si el es fantasma y no tiene posesiones materiales, es decir llaves), acuerdan que se aman y hacen el amor de la forma más bizarra.
    Considero que lo que rescata al relato es la justificación médica del "trastorno" de la muchacha pero aun así el cuento está construido para defender la posición de la chica.
    Cita textual: "La gente me tacharía de loca o de drogadicta que andaba alucinando ocasionando disturbios públicos". Es común en tus historias este tipo de exageración de la realidad, tus palabras son a veces demasiado contundentes, tanto que resultan inverosímiles.
    El diálogo se presenta estratégicamente intercalado, su aparición es precisa, sin embargo no me dice mucho de la personalidad de los personajes, ni qué decir de su signo zodiacal. Se nota una cierta arrogancia en el hombre, un sentido de presencia masculina fuerte, rescato mucho eso. De la mujer lo que se percibe con el diálogo es una cierta sumisión, un dejarse llevar.
    Hablas de varios trastornos -narcolepsia, esquizofrenia, psicofonías, etc- no necesariamente deben estar todos combinados, supongo que con el insomnio se podía justificar perfectamente la historia y hacerla mucho más creíble, por algo es el mayor mal de los tiempos actuales. Lo digo porque recaer en tópicos de trastornos mentales es serio y a veces confuso por la cantidad de variantes que se juegan.
    En general es un relato que logra sostenerse, se mantiene la tensión a pesar de ser todo lineal. Al final lo de la misa para salvar su alma me deja pensando en la moralidad, no me agrada mucho eso. Creo que el trasfondo es un final feliz (la chica donde debe estar porque está loca y el muchacho en el paraíso), talvez un final más abierto y menos concluyente quedaría mejor.

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  3. Te agradezco que hayas leído mi relato y obviamente por comentar. Pero este es el relato que me mandó a corregir y respeto tu opinión. Sin embargo, este no es el de los diálogos. Mañana lo colgaré.

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