Después de cinco horas de viaje, un grito de la voz chillona de mi mejor amiga me destrozó el oído: ¡Paquita, Paquita! ¡Levántate hemos llegado! Media adormitada pude empezar a observar lo que me rodeaba a esa hora del día. Santo Domingo no era una ciudad (en ese entonces) a la que yo planificaba ir a turistear y echarle una miradita de confianza, pero el espectáculo que me ofrecía era realmente encantador. Estaba nublado, el viento silbaba y te recorría helado por el cuerpo; la vegetación estaba vestida de un verde brilloso fuerte. Me enamoré, en ese año, dos veces, Santo Domingo se había convertido en una fantasía prohibida de un amor no correspondido. Quedé maravillada por el marco natural. Podía verlo todo. No había smog, no había carros bulliciosos; lo único que sabía es que había encontrado un lugar para morir de vieja. Y es así como el aire de la Sierra comenzó a hacer efecto en mis pulmones sensibles; éstos entraron en etapa de purificación y yo pensé que había hallado la cura a mi bendita asma.
Puse cara de lerda, como vulgarmente diríamos de “montubia”. Tanto así que mis ojos se salieron de orbita y mis brazos, en ademán de sorpresa, se abrieron lentamente; conduciendo a mis manos a pegarse al vidrio. Estaba sentada del lado derecho del bus, justo con la ventana en mis narices. Ventana que antes había sido mi almohada y que ahora funcionaba como esponja al absorber mi vaho de fascinación: habíamos llegado, sanos, salvos y sucios; pero lo conseguimos.
Como les iba diciendo, no es que precisamente estaba encantada (en realidad, sí) porque ame la naturaleza en estado puro (sí la amo, sólo que esta ocasión era distinta), sino que por primera vez pisaba un territorio nuevo y me emocionaba saber todo sobre aquel virgen lugar y también porque el bus era un total mugrero y odiaba viajar más de 5 horas. Mientras me encontraba sentada en el lado derecho, del lado izquierdo se vivía un total infierno: gallinas revoloteando por todos lados; por ahí una criatura de meses de nacido se angustiaba por llegar a su casa que quizás se encontraba en el pueblo más cercano (o lejano); gringas que apestaban a marihuana y nosotros con cara de idiotas demostrando que éramos unos totales neófitos en el campo del mochileo.
A quien realmente le emocionaba llegar a Santo Domingo era a mi mejor amiga, Jane, que tenía casi 6 meses sin ir a su patria chica y sin ver a su padre que estaba gravemente enfermo. Pero bueno, continúo… Santo Domingo se portó agradable los primeros kilómetros del camino. Ya casi entrando al corazón de esta particular ciudad, casi me infarto.
Centro Educativo para menores pertenecientes al DINAPEN, eso se leía realmente espantoso. Si son escépticos jamás me creerían que ese edificio era demasiado tétrico: estaba en la punta de un pequeño cerro, éste era como negruzco y con muchas piedras. Alrededor del edificio se veía un halo de neblina negra, sólo faltaban los truenos saliendo del furioso cielo para rematar con su aspecto transylvaniano. Al principio comencé a dudar de las bellezas de Santo Domingo, o quizás decir: Vaya, este lugar también tiene lo suyo para meter terror.
Bueno, continúo con el lugar del DINAPEN, me pareció sumamente cruel lo que dijo mi mejor amiga, ahora guía turística, muy seriamente: Mi madre me quiso meter ahí alguna vez, es para que no le salga arrebatada ni rebelde. La verdad es que a partir de ese momento no me quería enterar que tal eran los habitantes de la ahora provincia.
El carro siguió su recorrido, es decir, ya ahora sí estábamos llegando a lo que se llama “ciudad”, “perímetro urbano” o simplemente “civilización”. Poco a poco lo que quedaba del paisaje andino se iba reduciendo a pequeñas casas mal pintadas, mini haciendas con vacas flacas y lo más raro que pude haber visto en toda mi vida y que es motivo del título de este relato: ¡Una cuadra llena de chongos! Quizás “chongo” no sea la palabra correcta, para hacerlo sutil los llamaré night clubs.
Bienvenidos a Santo Domingo donde están las mejores mujeres- La posada del Padrino. Ese fue el primero que alcancé a ver porque era el más colorido. Si me acercaba lo más probable es que ese lugar oliera a azufre; era rojo, grande y con muchas prostitutas fuera de él como si estuvieran en una vitrina para que el que llegue primero se lleve a la mejor. En la parte de arriba había un gran letrero con una mujer desnuda enseñando su sexo. Me pareció repulsivo, humillante y hasta poco imaginativo. Jane se rió a más no poder y me dijo: Santo Domingo es la ciudad de los cabarets.
En esa misma cuadra había uno llamado El harén del jeque. Nombre bastante redundante por cierto, pero no criticaré su nombre. Era el más grande de toda la cuadra y era mucho más notorio de lo que pude haber creído. Era de color crema y la puerta era como Taj Mahal pequeño y con muchas luces alrededor y un guardia de raza negra parado con cara de malo. Los clientes entraban como el perro por su casa (en realidad creo que ya habían hecho de aquel lugarcillo su casa) y salían de la nada de ahí.
El chofer paró para tomarse su cola en funda mientras nosotros veíamos a Jean Claude Van Damme arrancándole la lengua a un ruso. Las gallinas seguían cacareando, las gringas seguían apestando a marihuana. Mi otro amigo estaba cabezeándose contra mi hombro y Jane y yo decidimos seguir hablando de lo “bello” que era Santo Domingo.
Jane giró la cabeza y se dio cuenta que ya estábamos cerca del terminal. Situación que me complacía ya las gallinas me habían dejado una sordera temporal. El chofer arrancó de nuevo la gran carcacha y seguimos camino directo a lo normal.
Al llegar al terminal de Santo Domingo ya me había terminado de convencer de que el mochileo, los viajes en bus y los amigos emocionados no eran para mí. Ese lugar era una miniatura. Las cajas de las diferentes flotas convivían en un mismo cuarto u oficina de tres por tres. La escena de las gallinas cacareando, de las criaturas llorando y demás cosas extrañas que pueden ocurrir en una dimensión paralela, se repetía y con más intensidad. Los olores eran fuertes y penetrantes: había algunas personas que no se bañaban por días al parecer y dejaban ese tufito navegando sin nariz específica. Los dependientes de los negocios aledaños debían salir de sus lugares de trabajo para gritar lo que vendían y le cayeran los clientes. Las cabinas telefónicas eran un tubo donde no se podía ni marcar.
Yo que soy claustrofóbica sentía morirme. Las personas recorrían ese lugar que era muy estrecho como si fuera un amplio estadio. Dos imbéciles y Jane, que estaba muy feliz, en medio de la nada no era una escena bastante plausible.
Llegó el momento de irnos a la casa de Jane a más que sea tomarnos un vaso con agua y yo a medio bañarme porque estaban tan sucia que la suciedad se habría burlado de mí sí me hubiera visto. El recorrido hasta su casa fue mínimo y la vista era repetitiva: casas viejas, casas aparentemente nuevas; panaderías colombianas y sobre todo la estatua de un jefe de los Colorados en la mitad de un redondel.
Mi viaje a la Sierra no fue del todo gratificante puesto que odio viajar tanto tiempo en un bus, pero me encantó la compañía de Jane porque siempre vio todo a color. Lo más probable es que si yo hubiera nacido en Santo Domingo en alguna conversación habría dicho: vivo en una ciudad que se divide entre chongos y vegetación y un colegio para desadaptados a las fueras de ella. Definitivamente, Santo Domingo no me quiso cuando me mostró su lado pervertido. Pero de lo que corre por mi cuenta, regresaría mil y un veces para reírme con ganas de los chongos de paso.

Disfrute mucho de la lectura. El relato está bien estructurado. Es interesante y conciso a la vez.
ResponderEliminarCuando se menciona la naturaleza en su espacio puro, me dio curiosidad saber que tipo de pureza ejerce la naturaleza que hace diferente a Santo Domingo de otros lugares.
Muy buena descripción de los espacios y de los habitantes que están en el. "El chofer paró para tomarse su cola en funda mientras nosotros veíamos a Jean Claude Van Damme arrancándole la lengua a un ruso. Las gallinas seguían cacareando, las gringas seguían apestando a marihuana". La figura predominante de las gringas apestando a marihuana es interesante pues se mantiene la expectativa si posteriormente volverán a aparecer.
Pero la descripción que se mantuvo en mi mente hasta que finalizó el cuento fue la de: "Santo Domingo, ciudad de cabarets".
Pakita, me gustó. Creo que hay cosas que se extendieron mocho, es decir que no eran necesarias. Pero creo que cumpliste con la consigna.
ResponderEliminarApple,
ResponderEliminarGracias
Sí la verdad es que yo escribo como hablo. Lo deberé ir puliendo y así poder lograr menos hojas en mis relatos ;)