Catalina era aparentemente normal, la máscara de lo imperceptible era su marca de fábrica. Era casi común y corriente; en una situación hiperbólica era un nadie en medio del todo. Me había citado en la cafetería de siempre para hacernos un poco de conversación, luego de esa llamada en plena madrugada. Como toda ella era una maraña de inestabilidades, debí suponer que nuestro dialogo iniciaría con la introducción de siempre: he hecho una cagada que no tienes idea. Catalina era como una niña de cinco años y siempre tenía alguna travesura que comentar y yo estaba presta a emocionarme con sus cuentos.
La tarde estaba apagada y se disponía a permanecer impetuosa con su amenaza de lluvia. Entré a la estrecha cafetería donde ella estaría esperándome quieta e inmóvil para que yo acudiera a rescatarla con alguna palabra de aliento tal cual lo hacía cuando teníamos quince. Pero, me di cuenta que no estaba, una vez más sería impuntual. Acto seguido, me senté en una mesa cerca del gran ventanal de la cafetería e inmediatamente me puse a pensar en que ella era la única que me hacía recordar que sé dar consejos pero no sé seguirlos, y eso me hace parte del masivo y repugnante grupo de los que no hacemos lo que profesamos. Sin embargo mis bizarras paranoias se esfumaron al estar frente a ese escenario monótono y aburrido de cafetería: era natural ver en cualquiera el improvisado desfile de meseros con sus coloridos delantales y sus brillantísimos charoles y percibir el olor agravado de la comida. La escenografía se vuelve nauseabunda. Gracias a mi fobia social estaba desesperada, no deseaba que ningún mesero se me acercase ni mucho menos una persona a preguntarme si la mesa estaba ocupada. De repente todo ese espectáculo y mi temor se detuvo cuando entró la amiga en cuestión.
Habíamos sido mejores amigas durante toda una vida. Después de que se casó la había visto en reuniones frívolas esporádicas y nunca más volvimos a intimar hasta hace unas horas que me llamó en la madrugada. Esta vez, las situaciones que nos reencontrarían eran patéticas, yo ya no soy quien fue hace cinco años, nada me animaba, todo me parecía tan vulgar. Las arrugas habían comenzado a poblar mi rostro por el estrés, no salía a farrear por el cansancio prematuro y mi desenfado poco a poco se fue convirtiendo en prudencia y recato. Cuando me reúno con Catalina siempre tengo algún motivo para que una sonrisa se asome en mi árido rostro. Mientras Catalina daba sus pasos ligeros para llegar a la mesa, yo continuaba divagando en el motivo de la repentina llamada a las cinco de la madrugada. Me las olía muy en el fondo y estaba consciente de que esta reunión tenía una doble intención. Se acercó sigilosamente hacía mí y me saludó como antaño: sus delgadas extremidades superiores se habían convertido en una sola al abrazarme, parecía una boa que planeaba destruirme la columna, y finalmente estampó su labial rojo en mis dos mejillas. Se sentó frente a mí y enseguida esas facciones llenas de algarabía se transfiguraron en la amargura viva. Pensé en no preguntarle yo, era lógico, si era su drama ella debía dar el primer paso. Cruzó los brazos sobre la mesa, hurgó en su cartera para sacar lo fundamental en una conversación: su cigarrera, el encendedor y sus mentos favoritos. Llamó al mesero y pidió un capuccino, yo pedí un expreso cargado porque todavía sentía las secuelas del insomnio provocado por ella.
Hacia 2 semanas que por primera vez había tomado una decisión, quizás la más radical de su vida al enterarse de las malas trastadas que Emmanuel, su marido, le estaba haciendo. Radical en el sentido de que ella nunca tuvo la capacidad de decidir, el mundo decidía por ella. Ella eligió a Emmanuel por tener las plásticas “cosas en común”: les gustaba los golden retriever, los picnic en domingo, celebrar los anirversarios con tarjetas patéticas de Hallmark y hacer fondue de chocolate para ver una película cada viernes; aparte que su marido respondía al cliché masculino idealizado: guapo, caballero y con un futuro prometedor. Sabía que esos cuatro años de matrimonio algún día se irían al caño y quizás por culpa de Catalina: tan decidida y luego tan aguafiestas. Su marido le era infiel y estaba dolida por aquello, le pudo haber aburrido, pero era una mujer que hieren si es cambiada por otra igual o peor. Todo esto me lo decía mientras se tomaba un capuccino descafeinado y fumaba un delicado y delgado tabaco para mujer con sabor a cereza. Soy sarcástica y sabía perfectamente que Catalina es incapaz de matar una mosca, podía ser superficial, un poco fofa y hasta pretensiosa por eso le pregunté cuál había sido su venganza, con un tono burlesco para que comprendiera que la estaba subestimando. Me echó una mirada con una de sus cejas alzadas como tratando de responder a mi ofensa. Catalina por primera vez había tomado el sartén por el mango: se vengó y de la manera más concienzuda y planificada para su falta de experiencia y capacidad de maldad. Al confirmarse la infidelidad de Emmanuel, decidió actuar rápido pero no con prisa. Catalina era más astuta que una gata: había comprado una botellita, del tamaño de mi dedo índice, de cianuro, durante tres días preparaba cenas deliciosas que servía con esmero a la luz de las velas. En estos platos carnavalescos dosificaba poco a poco el poderoso veneno. Expiró un poco del aire nicotizado y continuó contádome. inescrupulosa y victoriosa describía como antes de ayer vio cómo su adultero esposo dio la última bocanada de aire mientras la veía a los ojos y pronunciaba su nombre con gritos que profundizaban la agonía. Lo único que hizo fue coger sus cuatro maletas y dejar el cadáver tendido en la alfombra atigrada comprada para celebrar su aniversario que sería en dos semanas más. La historia parecía increíble: mi amiga la fofa se había convertido en una novel asesina. Terminó su capuccino, apagó el tabaco, puso su rostro en medio de las manos y me miró con ojos de niña, como si esperara mi opinión sobre su noble hazaña. Enmudecí y solo me limité a mirarla con asombro y pensar en que era mucho más inteligente que un asesino a sueldo.
Estaba tan consciente que Catalina no me buscaba para confesarme su delito, sino para que le diera una mano. No era dinero, no era techo, no era comida. Lo que mi audaz compinche quería era salir del problema sin necesidad de pasar por el interrogatorio policial. Yo era la única que podía darle el boleto dorado para su exculpación. Trabajaba en el aeropuerto y ocupaba un puesto bastante bueno que me daba el lujo de mirar al resto desde arriba, y así poder irse del país sin necesidad de pasar por el debido proceso que se le hace a los sospechosos ¡Vamos, pónganse en mi lugar! era mi mejor amiga y lo que me hace vulnerable ante ella es siempre querer acceder ante sus manotones de ahogado y porque yo también estaba flotando en la laguna de la culpabilidad.
Accedí sin pensarlo dos veces, solo con la condición de que nos podamos ir juntas, el peso de la culpabilidad me estaba consumiendo desde el momento en que Emmanuel decidió elegirme y que gracias a eso ahora esté debajo de mi cama pudriéndose después de haber sido yo quien lo encontrara tirado en la alfombra atigrada con la boca abierta y los ojos brillosos.
Pakita, sin duda es un final revelador, cosa que no se sabe hasta las tres últimas lineas. Creo que es un buen logro, además, hay toques de ese manera tan tuya de escribir,del sufrimiento al que expones a tus personajes.
ResponderEliminarHay, sin embargo, una linea que me molesta: "Yo era la única que podía darle el boleto dorado para su exculpación, ya que trabajaba en el aeropuerto y ocupaba un puesto bastante bueno que me daba el lujo de mirar al resto desde arriba, y así poder irse del país sin necesidad de pasar por el debido interrogatorio que se le hace a los sospechosos" creo que la conjunción "y" para unir estas dos ideas no es correcta, creo. Porque son dos ideas diferentes o la explicación entre las comas es muy larga que me pierdo.
El final revela pero es una revelación abrumadora que nunca se ve venir. Creo que los cuentos de corte clásico con final epifánico necesitan de esa secuencia (muy disimulada) que termine en sorpresa.
ResponderEliminarY por otro lado no entendí el final, ¿la narradora es una necrófila con sentimientos de culpa? Si es así eso no me revela algo interesante que cambie al texto leído.
Es muy largo el desarrollo para un final tan corto, o viceversa, mejor alarga un poquito el final.
Usas muchos adjetivos que molestan a la larga sobretodo porque son muy contundentes. Es la razón de que tus textos sean largos y polarizados.
La verdad si pienso que se logra mucho la consigna del final revelador, quien se hubiera imaginado que la narradora era la amante, la verdad que de entre todas las personas, me pareció un poco irónico que con quien estuviese el marido sería ella aunque de cierta manera hay finales con que la mejor amiga se queda con el marido pero en este nunca me imagine que se daría.
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