jueves, 28 de julio de 2011

Celeste muerte


Eran casi las once cuando me desperté. Desde hace cinco años mis despertares eran placenteros porque lo primero que veía era a Ignacio. Aquella mañana sería distinta, él se había ido. Revisé la sala para ver si no estaba dormido el sofá; fui a la cocina por si acaso estaba preparando el desayuno. No estaba. Supuse que había madrugado al trabajo hasta que encontré en el estudio que se había llevado todas sus cosas. Corrí al dormitorio y era cierto, su ropa no estaba y sólo quedaban esos zapatos color caqui que tanto odio. No recordaba nada de la noche anterior. Probablemente discutimos, pero la resaca no me dejaba pensar.
Ninguna nota, ninguna despedida, ninguna nada. De un tiempo acá comencé a sentir que Ignacio aparte de aburrirse de mí había comenzado a odiarme. Yo lo seguía amando desde el primer día en que vi sus ojos celeste mar. ¡Qué hermosos ojos! De todos mis amantes lo que más me ha enamorado son sus ojos. Los ojos de Ignacio me estaban siendo ingratos, siempre me traicionaban, lo sabía. Eran culpables cuando nunca me miraban y solo se dedicaban a esquivarme. Uno de los tantos juramentos que Ignacio me hizo fue que sus ojos siempre me pertenecerían. Y así los sentía, tan míos que en las noches de frio trataba de cubrirle el rostro para que mis pequeños favoritos no se resecaran. 

Cuando Ignacio comenzó a portarse áspero conmigo, ya no me dejaba abrazarle el rostro; no me miraba. El fuego azul se estaba extinguiendo y yo junto a él. Desde hace un mes Ignacio había empezado a salir con una mujer, Sandra, su jefa. 

-David, quiero que entiendas que esto fue un error.
-Ignacio, pero tú me amabas hasta hace poco, por favor no te vayas.
-Sí, siempre te he querido, pero siento que un hombre no es lo que estoy buscando.
-Entonces ¿qué carajos buscas?
-Una mujer que me ame, que se quede conmigo, no como tú, tan egoísta y tan macho. 

Esa era la típica charla diaria. Nos estábamos odiando más de lo que alguna vez nos quisimos.  Sabía dónde vivía Sandra y por eso decidí ir a buscarlo para ver si solucionábamos las cosas.
Al llegar a la casa de Sandra alcancé a verla vistiéndose en su cuarto. Estaba demasiado feliz para ser una roba hombres. Imaginé que Ignacio estaba en la sala o algún lugar cercano a la puerta y corrí a tocar el timbre. Así fue. Era él quien me atendió, aunque de mala manera, pero lo hizo. Volví a ver sus ojos celeste mar.

-¿Qué haces aquí David?
-Vine por ti y por mis ojos.
-¿De qué me hablas?
-Tú ya sabes a lo que me refiero.
-Espera... no entiendo.

Esa fue la única frase que me dijo Ignacio antes de que yo le arrancara los ojos. Nunca me imaginé que sería eso, yo ansiaba que me dijera que me amaba o que me detenga. Pero no, no quiso hacerlo. Además no estaba ahí por él, sino por quienes realmente me pertenecían. Ese día llegué corriendo a casa para darle los cuidados necesarios a mis engreídos. Los guardé con gran cariño en un frasco de alcohol y están a lado de los ojos de Fabricio, esos eran de color violeta, también son mis favoritos, pero no más que los de Ignacio.
 
-¿Eso es todo lo que tiene que decir David Hernández?
-Sí señor oficial. No estoy arrepentido, en realidad me complazco tanto de tener los ojos de mis amantes en una estantería. Es una colección privada.
-Listo. Es usted un buen psicópata.
-Siempre dichoso de colaborar con la autoridad. 


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